Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de marzo de 2025

La guerra de Ucrania: análisis y antecedentes

Ahora que la guerra de Ucrania parece tocar a su fin, nos planteamos cómo se llegó allí. Más allá de entrar en el maniqueo ejercicio de víctimas y culpables, o peor aún, buenos y malos, nuestra propuesta es diferente. Se trata de rastrear los hechos vistos como formas concretas del movimiento de la relación social que regula la totalidad del orbe mundial. Lo cual empieza preguntándonos por la causa de los hechos que tenemos delante.


La actual guerra de Ucrania, tal como la hemos conocido en los últimos tres años, tuvo su origen inmediato en la invasión rusa de febrero de 2022. Una primera pregunta asalta al observador: por qué Putin decide invadir Ucrania. Es claro que esta acción imperialista tiene su origen en la voluntad imperialista rusa de responder a supuestas agresiones del imperialismo occidental.


Ambas voluntades imperialistas que se contraponen nos remiten a la lucha entre bloques geopolíticos. Encontrándonos en que para explicarnos la guerra de Ucrania hemos de ver la relación entre ambos imperios. Hemos de aclarar que en este planteo, referido a una coyuntura muy específica, el capital anglo-europeo aparece como unidad. Pero sabemos que no es así. Cuestión que se ha visto más evidente con la política de Trump, pero esto tendrá que ser materia de otro desarrollo.


Las disputas entre bloques geopolíticos no resultan de divergencias morales, como la libertad, la democracia, la seguridad, o la fraternidad. Ese es el discurso que envuelve la verdadera causa, los intereses que nutren la acumulación de sus respectivos capitales: materias primas o recursos naturales, fuerza de trabajo, mercados, localizaciones o rutas de transporte y comunicaciones, básicamente. Es decir, las bases materiales de la reproducción ampliada del capital. Ucrania ofrecía muchos de estos motivos (potencia cerealistica, recursos energéticos, tierras raras, posicion estratégica y acceso directo al territorio ruso). 


También sabemos que esta lucha interimperialista en torno al territorio ucraniano no comenzó en 2022 y que tiene unos antecedentes, lo cual nos lleva a mirar las relaciones entre las dos potencias, Rusia y USA-UE, en torno al territorio ucraniano en su evolución histórica.


Pero, hay algo más que no debe escapar a la mirada histórica atenta. Esta guerra interimperialista histórica de Ucrania es una forma concreta del enfrentamiento entre los dos bloques en torno a la expansión de la OTAN en Europa oriental.


Aún más, este enfrentamiento no se limitó a la Europa del este sino que se extendió a lo largo y ancho de la tierra. Este es el marco que permite entender las revoluciones naranjas, primaveras árabes, golpes suaves que riegan la historia reciente de la humanidad desde los años noventa: Irak (1991, invasión en 2003, ocupación 2003-2011), Irán, Chechenia (1994-1996, 1999, 2005), Libia (2011, 2014-2020), Siria (2011-2024), Afganistan (2011), Líbano, Argelia, Venezuela, entre muchos otros.


Por ello, para adquirir una comprensión amplia de la guerra de Ucrania hay que volver la mirada a los hechos que siguen al desmoronamiento de la URSS y, particularmente, a la lucha más o menos larvada en torno a su área de influencia desde inicio de los años noventa del siglo pasado. Veamos. 


La caída de la URSS sunió a todo el bloque soviético en una depresión económica y un desorden político. En los años 90, y hasta mediados de la segunda década del nuevo siglo, el incipiente capital ruso, deslumbrado por la modernidad occidental, demanda integrarse en el imperialismo anglo-europeo, pero será rechazado en diversas ocasiones. También intentará restablecer la colaboración con el antiguo Comecon, pero verá esfumarse su área histórica de influencia. No obstante, tendrá una tarea que realizar, desarrollarse. Primero saqueando el estado ex-soviético que se repartirán los gerentes de las empresas publicas y los burócratas del PCUS, los futuros oligarcas. Luego, reprimiendo, explotando y empobreciendo a la clase obrera rusa. Este ensimismamiento, en parte debido a su debilidad, lo relegará al papel de un observador resignado de la caída del imperio ex-soviético.


Tras la reunificación alemana (1990) donde los líderes occidentales prometerán que la OTAN no se expandirá hacia Europa del Este, negarán a Gorbachov su propuesta de integrarse en una OTAN reformada. Entre tanto, ayudan a los países de Europa del Este para que vayan superando sus deprimidas economías con gobiernos prooccidentales que se irán integrando en la UE. En cambio, a Rusia, le negarán tal auxilio y le enviarán numerosos expertos que conduzcan su economía hacia el capitalismo. La tarea del Occidente atlantista consistió en separar a la URSS de su área de influencia (Europa del Este y algunos países de extremo oriente), por un lado, mientras se fomentaba su debilidad (fraccionamiento, hostigamiento, aislamiento, en definitiva que no despierte el oso), por el otro. Cualquiera que fuese la causa de la dinámica centrífuga de la URSS/Rusia, la tarea del imperialismo atlantista fue favorecerla. Así la expotencia mundial quedaba relegada a un papel subsidiario en la división internacional del trabajo le tenía asignado a Rusia en la acumulación mundial de capital


En 1991 se disuelve la URSS, declarándose el final de la guerra fría con la victoria del capitalismo atlantista. Fukuyama proclamará el final de la historia que los intelectuales occidentales celebrarán. Le tocará a Yeltsin contemplar como el imperialismo atlantista interviene en toda Europa Oriental, espoleando la rusofobia heredada de la época soviética y agudizando las diferencias internas. Particularmente observará risueñamente el desmembramiento en 7 países de Yugoslavia (1992) y el bombardeo de Serbia en dos ocasiones (1995 y 1999), además de los conflictos del Cáucaso y Chechenia. A pesar de sus protestas, tendrá que beberse la ampliación de la OTAN en 1999 (Polonia, Chequia y Hungría). 


Posteriormente, será el turno de Putin, pese al buen rollo con los líderes occidentales, verá cómo la alianza se le planta enfrente con la entrada de Bulgaria, Lituania, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia y Letonia, estos dos últimos con fronteras con Rusia, en 2005. Sus protestas caen en saco roto, y la buena predisposición rusa tampoco logrará el acercamiento que las élites rusas anhelan. A Rusia le “surge” la segunda guerra de Chechenia (2005). 


Un poco antes, en 2004, en Ucrania estalla la revolución naranja, que el imperialismo anglo-europeo impulsa, y se establece un gobierno prooccidental cuya política favorece los intereses de USA y la UE frente a los rusos. En 2008 Bush-hijo declara la intención de incorporar a Ucrania y Georgia a la OTAN. Al mismo tiempo, el presidente ucranio (Yushenko) solicita la entrada en el organismo militar. Putin, de nuevo, se mostrará contrario. Además habrá de afrontar la guerra de Georgia (2008).


No obstante, el proceso de integración de Ucrania en la OTAN se ve paralizado por el nuevo gobierno prorruso de Yanukovich (2010), salido de las elecciones. Rusia aprovecha para renovar su presencia en la base militar de Sebastopol, uno de sus bastiones en el Mar Negro que comunica con Oriente próximo. 


Entre tanto, el capital ruso se ha desarrollado y se hace con un área de influencia; el mercado interno se le queda estrecho y ha de salir a competir en el mercado mundial. Además, su potencia militar le habilita para establecer la necesaria área de seguridad (como mínimo, la neutralidad de Ucrania), que salvaguarde a Rusia de intromisiones militares extranjeras. Pues, como dice Marx, la violencia no solo es partera de la historia sino que es una potencia económica en sí.


En 2013 surge el Euromaidan, una revuelta popular que, con intervención occidental, derrocará a Yanukovich y llevará al poder a un gobierno prooccidental. Pero, el nuevo gobierno y su política antirusa no será aceptado por todas las regiones. Crimea, que tiene la base militar de Sebastopol, será anexionada por Rusia en 2014. Occidente protestará enérgicamente: una cosa es desmembrar la URSS en 15 países, Checoslovaquia en dos o Yugoslavia en siete, y otra cosa es lo de Crimea, por lo que impondrán sanciones a Rusia.


En 2014 y posteriormente en 2015, el gobierno ucraniano apoyado por el imperialismo anglo-europeo, inclumplirá sendos acuerdos de Minsk, que pretendían poner fin a la guerra del Donbás (2014). Una guerra desatada porque las regiones de Lugansk y Donetsk no reconocen al gobierno ucraniano y se independizan. Esta guerra se prolongará hasta que Putin, el 24 de febrero de 2022, pone en marcha la operación militar especial iniciando la invasión de Ucrania.


Putin, un reaccionario religioso, antes un dialogante y moderno gobernante ruso, es presentado ahora como un autócrata loco y despiadado. Sin embargo, es lo que cualquier gobernante, el portavoz de la representación política del capital total ruso.


Un capital que hubo de crecer lentamente, sin ayuda, sobre la base del expolio del estado ex-soviético y la explotación de la clase obrera rusa. Un capital que, mientras fue débil, hubo de conformarse con ver resignadamente y, a veces, ingenuamente cómplice, cómo el imperialismo occidental, al cual anhelaba vincularse, lo despreciaba y le detraía su otrora área de influencia. Pero que, llegado a un punto de su desarrollo, dotado de su poder militar en buena parte heredado de la URSS y propietario de fabulosas riquezas naturales además de 150 millones de habitantes, se enfrentó al último intento de cercarlo: la incorporación de Ucrania a la OTAN. El capital ruso, transformado en imperialismo ruso, reclama un sitio más determinante en el tablero geopolítico mundial, y esto empieza por reclamar su área de seguridad lo cual significa la neutralidad, como mínimo, de Ucrania. 


La guerra de Ucrania se nos presenta, entonces, como un episodio de la disputa histórica (desde la caída de la URSS) del nuevo imperio ruso, larvado lentamente por el capital ruso, frente al imperio euro-atlantista. Disputa que gira en torno al área de influencia (Europa del Este), por tanto de las riquezas ucranianas tanto materiales como estratégicas y que incluye el área de seguridad (neutralidad de Ucrania) del imperio ruso. Un imperio que avanza en su posicionamiento geopolítico, empujado por el capital ruso que se expande en la búsqueda de la apropiación del máximo plusvalor en el marco de la nueva división internacional del trabajo que ofrece la acumulación mundial de capital.

jueves, 13 de marzo de 2025

Deuda para el rearme, ¿quién gana?

En el acto de presentación del libro Movimiento obrero de Andalucía (Historia de Comisiones Obreras de Sevilla, 1976-2008) cuya autora es Encarna Ruiz, un camarada me pide escribir sobre la deuda pública. Va por José Luis Molano.


Los líderes de la Unión Europea (UE) han decidido gastar 0,8 billones de euros (800.000 millones) en un plan para rearmarse con la justificación de la amenaza rusa. Financiar, pagar, este plan (Rearme de la UE) requerirá, entre otras medidas, emitir más deuda publica. Pero qué es la deuda pública y cómo le afecta a la ciudadanía.


El estado capitalista, en nuestro caso la Unión Europea, tiene gastos (de materiales, de personal, etcétera) que ha de pagar, financiar, normalmente con impuestos que cobra a la ciudadanía (clases sociales). En el caso de España el presupuesto público ascendió en 2023 a cerca de 0,6 billones de euros.


En determinados momentos, el gasto público puede exceder de lo normal lo cual requiere ingresos públicos extraordinarios, que no es conveniente canalizar a través de impuestos (evitar la excesiva imposición y sus problemas de legitimación). Por ejemplo, una catástrofe de grandes dimensiones (crisis financiera y del euro, o la crisis de la Covid en 2020). En lo que nos trae se trata de aumentar el gasto en defensa (gasto bélico), en las dos veces anteriores era mejorar la liquidez del sistema y afrontar la recuperación tras la pandemia.


Cabría preguntarse si el aumento del gasto bélico es una necesidad social, en este caso, más urgente que, por ejemplo, dotarse de mejores servicios públicos (sanidad, educación, viviendas, cuidados a las personas) o prestaciones (pensiones, desempleo, pobreza). En un artículo anterior (Union Europea, quo vadis?) razonamos que este plan respondía a la necesidad del capital europeo de sobreponerse a su decadencia geopolítica sobre la base del expansionismo exterior y del incremento de la explotación en el interior.


Dejando a un lado ese importante asunto, para abordar el gasto público incrementado se acude a la deuda pública. Por tanto, la deuda pública es una forma de financiar los gastos del estado.


En este punto puede resultar interesante observar cómo la sociedad, lejos de confiar en las fuerzas del mercado y en la iniciativa privada, delega en el estado este tipo de asuntos. Aquí los liberales, libertarios o "enemigos" de la iniciativa pública, no suelen sacar pecho para solicitar que sean los individuos o las empresas, el sector privado, los que se encarguen del asunto.


Una diferencia respecto de los impuestos es que la deuda pública es voluntaria (en lo inmediato), o sea la suscribe el que quiere. Para ello, el estado, o la institución pública que sea (la UE, por ejemplo) emite títulos, que representan una parte del gasto necesario, que venden a cambio de una promesa de devolución con un rendimiento (intereses de la deuda pública). Con la venta el estado obtiene el dinero. Observemos, por tanto, que la voluntariedad del que suscribe (principalmente la clase capitalista) tiene la contrapartida de la obligatoriedad de pagarla por el estado (financiado principalmente por la clase obrera).


El suscriptor de los títulos no es que sea un patriota dispuesto a sacrificar parte de su patrimonio para defender el interés general, además y sobre todo espera ganar dinero con esta inversión en títulos de deuda pública. Otra ventaja es que, a diferencia de otras inversiones financieras, la deuda pública está respaldada por el estado, la única institución que no quiebra. Es decir, es una inversión financiera segura.


Así, por ejemplo, si el estado necesita 1.000 puede emitir 100 títulos cada uno a 10 euros con lo que, cuando los venda (colocación de la deuda pública) reunirá el dinero suficiente para afrontar el gasto que motivó la emisión de los títulos de deuda pública. A cambio, y durante un número de años según el título, deberá devolver los mil euros más el rendimiento (interés), que puede variar según el plazo. Actualmente el porcentaje de este interés ronda el 3 por ciento.


Hay diversos tipos de títulos según el plazo, en el caso de España tenemos: los de corto plazo (máximo un año, letras del tesoro), los de medio plazo (unos 5 años, bonos del estado) y los de largo plazo que llegan a 30 años son las obligaciones del estado. A finales de 2023, la deuda pública española rondaba 1,6 billones de euros (en torno al 110% del producto interior bruto).


Como se vé, tarde o temprano, el estado ha de devolver la deuda pública emitida (amortización de la deuda) más sus intereses (gasto financiero de la deuda o servicio de la deuda), lo que totaliza la carga de la deuda pública. Año tras año, el estado va dedicando una parte del presupuesto público a pagar esta carga, una partida de los presupuestos generales del estado (no incluye sociedades como RTVE ni otras administraciones públicas como comunidades autónomas). En España en el año 2023 se dedicaron 128.800 millones de euros al pago de la deuda, de los que 97.500 millones fueron amortización y 31.300 millones de euros se destinaron a intereses (las prestaciones por desempleo ascendieron en ese año a 21.300 millones de euros).


El pago de la carga de la deuda pública se puede abordar con impuestos. También puede recurrirse a nueva deuda para pagar la deuda anterior, es la refinanciación de la deuda. Otra opción es emitir dinero, lo cual genera tensiones inflacionarias que reducen el poder adquisitivo de las rentas.


De esta forma una parte de los impuestos se destina a pagarles a aquellos que prestaron al estado (clase capitalista). Por tanto, el resto de gastos se ven afectados negativamente porque no crecen lo que podrían crecer e incluso porque disminuyen (sacrificios). En nuestro caso, para aumentar el gasto bélico habrá que contener o disminuir los gastos sociales. 

El gasto bélico beneficia a sus receptores, que son las industrias bélicas propiedad de los grandes capitales. Si además, estos bienes no se producen en Europa (o España) o por los capitales del territorio (europeos o españoles), todo el importe se irá fuera. Encima, si tampoco somos proveedores de esos capitales, entonces el beneficio inducido será nulo (vamos de auténtico primo). En el caso de las armas, hay que decir que como solo son medio de producción de la guerra o actividad bélica, pues corren el riesgo de morirse de risa sin reportar ninguna “utilidad”; caso distinto si ese dinero se invirtiera en tractores, camiones o infraestructuras, que sí revertirían en cuanto inversiones, por no hablar de los beneficios del gasto social.


Por ejemplo, de un presupuesto publico de 1000 si se destina el 10 por ciento a las armas (100), dejarán de ir a servicios públicos; además, otro 10 por ciento irá a pagar el nominal de la deuda publica (100) y otra partida para pagar su rendimiento, pongamos el 3 por ciento (3). Así, de un presupuesto de 1000, 100 irán a armas y 103 a deuda pública.


Por último, hemos de ponderar el efecto redistributivo de este proceso: la deuda pública es una inversión segura para la clase capitalista; el gasto en armas es una compra a las empresas capitalistas, que pretende defender las propiedades mayoritariamente en manos de los capitalistas; el gasto bélico se detraerá del gasto social perjudicando a la clase obrera, la principal usuaria (servicios públicos) y destinataria (prestaciones públicas); la devolución de la deuda más sus intereses cuya destinataria es la clase capitalista será afrontada por impuestos pagados principalmente por la clase obrera o mediante emisión monetaria generadora de inflación que castiga sobre todo el poder adquisitivo de la clase obrera.


En fin, una jugada maestra de nuestras élites, gestoras y protectoras del capital europeo, la de endosar sacrificios a la clase obrera (menos servicios y prestaciones públicas, pero más impuestos o inflación) poniendo el estado al servicio de la defensa de los intereses de la clase capitalista (armas para defender su propiedad y rendimientos para engordar sus bolsillos). Por eso, hoy por hoy, la defensa de los intereses de la población europea (mayoritariamente asalariada) pasa, entre otras cuestiones, por oponerse al esfuerzo bélico y defender la paz.

Las protestas en Irán y el capitalismo mundial

Introducción Los últimos acontecimientos en Irán nos ofrecen una oportunidad para comprender dialécticamente el vínculo entre las manifestac...