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viernes, 5 de septiembre de 2025

Cambio climático: ciencia y política

El debate sobre el cambio climático, en apariencia técnico, termina incorporado a la batalla cultural. Y no solo me refiero, a las refriegas entre gobiernos, entre partidos o entre representantes políticos, digamos, por los incendios del verano, o las danas otoñales. La discusión es más profunda: poner bajo la lupa al modo de producción capitalista.


Capital y cambio climático

Tras más de dos siglos de capitalismo plenamente establecido, el planeta se está calentando por la acción humana, principalmente por la emisión de gases de efecto invernadero derivados mayoritariamente de la combustión fósil.

Entre las evidencias más robustas: aumento de la temperatura media global en 1,5 grados desde la era preindustrial, incremento de la concentración de CO2 en la atmósfera hasta 420 ppm desde los 280, acumulación de calor en los océanos y su acidificación, elevación del nivel del mar, deshielo de los glaciares, y mayor frecuencia de fenómenos extremos (olas de calor, lluvias torrenciales, incendios forestales).


Cambio climático y ambientalismo

Este panorama ha ido originando una conciencia climática que ha tomado cuerpo en el movimiento ambientalista.

No sólo han sido las luchas sociales derivadas de los efectos más inmediatos de este daño ecológico, sino que la propia clase capitalista empezó a ver una barrera al crecimiento del capital. Una expresión de esto fue el Club de Roma (1968) que reúne a la economía, la política y la ciencia para elaborar su informe Los límites del crecimiento (1972).

A partir de ahí, la ONU, lo más parecido a un gobierno mundial, tómó cartas en el asunto: primera conferencia sobre medio ambiente en Estocolmo (1972); la primera sobre el clima en Ginebra (1979); luego Toronto (1988) y la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro (1992). A partir de ahí, todos los años, cientos de mandatarios políticos de los principales países se reúnen en las COPs (cumbres del clima). Ya van casi 30. Cierto que hay mucho “bla, bla, bla, ...tururú”. Pero, también nos indica que el problema es real, global y difícil de resolver bajo la red capitalista.


Ambientalismo y ciencia

Una parte del ambientalismo, está constituido por el sector científico (universidades, laboratorios, industrias, complejos, academias, personalidades independientes). 

A lo largo del capitalismo, la ciencia ha jugado un papel clave: descubrimiento del efecto invernadero a mediados del XIX, luego el papel de CO2, más tarde el de otros gases (metano, cloro…), hasta las mediciones (las de gases en atmósfera y océanos, pues las de temperatura venían de antes) que permitirán, tras el surgimiento de la computación, la elaboración de modelos predictivos sobre los efectos del calentamiento global.


Ciencia y negacionismo

De este modo, muy empírico, la comunidad científica se ha ido posicionando muy mayoritariamente, más del 90 por ciento de las encuestas, sobre la existencia del cambio climático, su prevalencia sobre el enfriamiento global (otra teoría científica), y la necesidad de acometer medidas (reducción global de emisiones). 

No obstante, existen minorías científicas que, aunque introduzcan elementos racionales de crítica, generalmente están impulsadas o apoyadas por intereses muy particulares (como la industria fósil y energética). Otro exponente de la subordinación de la producción científica a los intereses económicos.

Este negacionismo científico, que adopta diversas formas (niega el fenómeno, niega su origen, niega sus efectos y niega la urgencia de afrontarlo), no solo protagonza el ddebate científico sino que es la base científica de las luchas ideológicas en torno al clima. 


Negacionismo ambiental y expresiones políticas

Si el negacionismo climático es la expresión teórica de los intereses económicos de sectores particulares de la sociedad entre los que destacan la industria tradicional (fósil, acero, automoción, entre otros), el consenso científico climático vendría a ser la posición teórica dominante del capital. 

Veamos, grosso modo, las formas políticas que toman estos intereses sociales y que protagonizan la batalla cultural.


1. Negacionismo climático apoyado por corporaciones fósiles y la industria y el transporte tradicionales  (capitalistas y trabajadores). 

    • Niegan o minimizan el problema.

    • Ve las políticas climáticas una “agenda ideológica” o imposición de las élites.

    • Propone reabrir térmicas y nucleares, potenciar hidrocarburos y eliminar impuestos verdes.

La expresión política de esta posición es la derecha reaccionaria, tradicionalista y la extrema derecha. Destaquemos la hipocresía que se gastan cuando con una mano niegan y con la otra se preparan contra sus efectos (búnkeres, tecnologías alternativas, seguridad privada en catástrofes, como Walmart en el huracán Katrina).


2. Capitalismo verde. La base social está en el resto de la industria, el sector primario, y los servicios tradicionales. Se busca compatibilizar crecimiento económico y reducción de emisiones.

    • Oscila entre la aceptación tibia y el cuestionamiento parcial.

    • Se preocupa por los costes económicos y la competitividad.

    • Prefiere instrumentos de mercado (comercio de emisiones, impuestos al carbono), innovación tecnológica (hidrógeno, nuclear, CCS o captura de carbono) y un papel limitado del Estado. Aboga por una transición gradual y “pragmática”.

En este planteamiento convergen la derecha moderada y parte de la izquierda institucional. Su expresión mayoritaria es la Agenda 2030 diseñada por la ONU en 2015.


3. Green New Deal (o Nuevo Pacto Verde): contempla inversión pública masiva, creación de empleo verde y protección social, aunque sin superar necesariamente la lógica capitalista.

    • Reconoce el origen humano y desigual del fenómeno (ricos y países más desarollados más culpables).

    • Pone énfasis en la justicia climática: desigualdades sociales, territoriales y otras.

    • Propone transición justa: regulación estricta, impuestos a sectores contaminantes, fin de subsidios fósiles, impulso a energías limpias y protección a trabajadores y regiones afectadas.

Aquí se ubicarían la izquierda socialdemócrata, progresista y verde e incluso elementos del ecosocialismo, siendo una de sus expresiones el Pacto Verde Europeo (2019).


Superar críticamente el ambientalismo

Como se ve un el ecosocialismo más radical o el ecologismo revolucionario son muy minoritarios. Este es el grado actual de la conciencia ecológica.

Sin embargo, el ambientalismo mainstrean, soporta serias críticas: a pesar de las reuniones y acuerdos las emisiones aumentan; las leyes y planes tienen muy en cuenta las necesidades de capitales nacionales y sectoriales; las empresas que más emiten se apropian el negocio verde, los fondos (Next Generation) o las subvenciones; se pone el acento en medidas individuales y de consumidores socavando la conciencia ciudadana; el mix energético con predominio de renovables requiere mejorarse (apagón); mercantilización de la naturaleza; y tantas y tantas otras. 

Pero, más allá de estas críticas, el ambientalismo mayoritario, presupone el capitalismo, lo naturaliza, no se plantea su superación, por tanto, solo aspira a la gestión capitalista de la naturaleza: se trata de explotarla hasta que su situación dificulte o encarezca la reproducción capitalista. 

Por ello, las luchas ecologistas son necesarias; más aún si se vinculan al cuestionamiento del capital como relación social que subordina todo a la rentabilidad; luchas que han de ser regidas por una conciencia dialéctica que subsuma a la conciencia ambiental. Aunque el predominio de la conciencia dialéctica está determinado por el propio desarrollo capitalista, siempre será más fácil y más indemne si empezamos a tenerla presente desde ya.

lunes, 18 de agosto de 2025

Frente al fuego capitalista en España

El fuego azota a España, y a buena parte de la Unión Europea especialmente en el área mediterránea, también al mundo (el fuego de California). Parece un fenómeno natural ante cuya arbitrariedad la racionalidad humana poco puede hacer. Sin embargo, un mínimo detenimiento nos muestra sus aspectos sociales abriéndose un abanico de intervenciones. Finalmente, nuestra mirada pretende ir más allá.

España arde; más de trescientas mil hectáreas carbonizadas. Esto representa casi el 1,0 por ciento de los 28 millones de superficie forestal (España es el tercero de la UE). Sin embargo, la sensación que trasladan los medios de comunicación es otra, con ello unos tiran trastos a otros y en el camino otros fenómenos (guerras, genocidios, corrupción, vivienda, inmigración, entre otros) se difuminan. Por qué.

Los daños están ahí, requiriendo tomarse el asunto en serio y con decisión. Más de treinta mil desplazados, miles de primeras y segundas residencias incendiadas junto a muchos negocios, miles de vacaciones truncadas, casi una decena de muertos, espacios públicos (polideportivos, residencias o albergues) -y pocos privados- abarrotados con depliegues de la Cruz Roja, promesas de ayudas públicas; son motivo suficiente. Ahora se echan de menos las soluciones de autorregulación del mercado. Solo a modo de indicador, el coste económico de apagar una hectárea es de 19 mil euros, ahí no se incluye el coste social derivado. Pero, todo esto tiene mucho de la mano del hombre, ahora el fenómeno se nos presenta menos natural o atmosférico. 


Qué podemos hacer contra el fuego

Lo primero, intentar apargarlo, para lo cual contar con medios de extinción es fundamental. Cuánto presupuesto dedican los gobiernos; todos, desde el nacional hasta el local; pasando por los autonómicos, que detentan las principales -no todas- competencias, de la seguridad frente al fuego. El presupuesto público en extinción (nacional y comunitario) se ha mentenido en torno a los 400 millones de euros en 2009-2022  (período en el que el dinero se depreció casi un 30%). 

Cuando consigamos que se vaya el humo, sería bueno actuar con más amplitud de miras. La prevención es una de las perjudicadas de la gran partida presupuestaria contra el fuego. En el mismo período descendió en más del 25 por ciento, situándose en 175 millones de euros.

En un tratamiento aun más amplio, se incluyen actividades conexas, más allá de la extinción y la prevención, como la investigación, la reforestación, infraestructuras o la gestión de recursos forestales. Esta es la principal partida, aunque también ha sufrido el recorte correspondiente, pasando de 1.000 a 700 millones de euros. Las campañas de concienciación rondan los 50.

Esa gran partida es importante porque incluye las ayudas a las explotaciones privadas forestales (producción de madera, corcho y otros), que las hay. Primero, el 70 por ciento de la superficie forestal española es privada. Sin embargo, las exigencias de medidas de seguridad forestal, y no digamos de responsabilidades, son mínimas. La modernización y profesionalización, eufemismos de un desarrollo capitalista, está pendiente. España tiene un déficit claro: mientras en la media europea se aprovecha el 60 por ciento de la biomasa forestal generada, en España solo es el 40 por ciento; el resto queda amontonado. Este absentismo productivo de los propietarios privados de bosques no se puede achacar a la protección de espacios forestales, que representan un porcentaje pequeño en el caso de Parques Nacionales y Parques Naturales, la mayoría púbicos; y que en su forma más laxa (Red Natura 2000 y Reservas de la Biosfera) ocupan el 30 por ciento de la superficie forestal, se reparten por mitad entre público y privado. Esta mayor eficiencia en la explotación forestal vendría muy bien a la sociedad española que necesita 50 millones de metros cúbicos de madera de los que ha de importar más de 30. Una condición necesaria para incentivar esto desde lo público sería el compromiso con el avance tecnológico que redundara en mayores controles de seguridad y de la gestión evitando el despilfarro que significa el fuego.

Pero, una gestión científica, del fuego exige conocer el por qué se produce, qué condiciones lo hacen posible y cuáles permiten que progrese hasta alcanzar viviendas, pongamos por caso. 

Las estadísticas al respecto son elocuentes: la primera causa es la humana (intención o negligencia) con el 40%, luego el abandono y ausencia de gestión forestal (30 %), cambio climático (20%), y otras como  (infraestructuras, vegetación o fenómenos atmosféricos extremos), 10 por ciento.


Una nueva conciencia frente al fuego

Por atractiva que parezca la idea de un pirómano desequilibrado sobre el que descargar toda la responsabilidad aplicándole la Ley de Talión, esa visión demagógica es injusta, irreal y poco efectiva.

Más allá de quien prende la llama, los incendios toman dimensiones y tamaños, por tanto provocan efectos amplios y dañinos, por otros motivos. En este sentido, recurrir a las condiciones climatológicas tanto pasadas como presentes resulta una respuesta inmediata: que si ha llovido mucho y hay mucho arbusto; que si tanto material combustible acumulado; que si hace mucha calor a lo que se junta el viento, entonces la propagación del fuego es más fácil; que si no ha llovido, que si … A más el cambio climático. 

Todo es cierto. Pero, resulta que el material que arde está acumulado, la gestión y el abandono del mismo responde a intereses privados y a medidas públicas. El despoblamiento, la España vaciada, el éxodo rural, no son fenómenos atmosféricos; los modelos culturales y de ocio (barbacoas o cotos de caza), tanto de las clases altas como de las bajas, tampoco caen del cielo; las prioridades en los presupuestos públicos (armamento o contraincendios) no son un accidente de la naturaleza; las formas de la gestión privada de los recursos forestales no responden a inclemencias del tiempo; incluso la abstracta crítica a la política (no se qué de despachos), como el juego politiquero de tirarse trastos exigiendo interrumpir vacaciones o acercarse a las zonas devastadas, todo este espectáculo donde los medios juegan su papel, y la sociedad se sacude la responsabilidad; el calculado tratamiento mediático bien para reprochar al adversario partidista bien para tapar otros asuntos; incluso el demente que se aburría y prendió la cerilla. Todo eso es, de una u otra forma, una manifestación de lo que somos.

Tanto en la intención como en la negligencia, la acción individual está mediada (en su diversidad de formas, relación laboral, lucha de clases, leyes, presupuestos, …) por la relación de capital, por el general y por el particular de cada uno. El fuego capitalista es un fenómeno específico de las sociedades actuales, donde el metabolismo que vincula al hombre en sociedad con la naturaleza, de la cual aquel es parte orgánica porque la materia es una en su diversidad, se caracteriza por una peculiaridad; se llama capital. Como red a través de la que se estructura el sujeto de la producción y el consumo sociales sobre la base de la valorización del valor, el capital determina la conciencia libremente enajenada que rige la acción personal en nuestra sociedad. Como superación de aquella conciencia, el avance de la conciencia dialéctica no solo nos demanda conocer las causas, inmediatas y mediatas, traspasando así la apariencia; sino que, además, nos permite reconocer en su diversidad la unidad de la realidad, así como dirigir nuestra acción hacia la revolución del modo de producción capitalista rumbo a un desarrollo humano más pleno. 


miércoles, 2 de octubre de 2024

Apuntes sobre el método (II)

Vida y conocimiento inconsciente

Partimos de la vida, del sujeto vivo, como un intercambio de materia y energía entre el sujeto y la naturaleza (proceso de metabolismo) que descansa en la apropiación de la naturaleza por el sujeto vivo.

Esta apropiación consiste en la aplicación del cuerpo del sujeto vivo sobre el medio que le rodea para reproducir este cuerpo y con él al propio sujeto.

La aplicación del cuerpo no se realiza de manera total sino que requiere de una fase previa en la que el sujeto tantea al medio para ver si es realmente apto para su reproducción. También consta, esta aplicación del cuerpo sobre el medio, de una fase posterior en la que se lleva a cabo la aplicación total del cuerpo de cara a la efectiva apropiación del medio una vez probado que se trata de un medio apto para la reproducción del sujeto. Un ejemplo grafico lo tenemos en el comportamiento de los seres vivos mas simples: la ameba antes de envolver a un objeto le lanza una parte de su cuerpo (pseudopodo) y comprueba que la reacción es aquella que le permite engullir al objeto sobre el que .

La primera fase, la apropiación virtual del medio, forma parte de la organización de la acción, mientras la segunda, la apropiación efectiva, sería la acción realizada. Como se ve en nuestro ejemplo, incluso en las formas de vida mas simples la acción presupone una preparación de dicha acción, un conocimiento, aunque sea de manera inconsciente.

De modo que, incluso a un nivel inconsciente, el “conocimiento” forma parte de la acción; ambos constituyen una unidad inseparable. En esta unidad, que aparece como la acción efectiva es la forma,  mientras el conocimiento sería el contenido que subyace a la forma. La acción contiene al conocimiento; el conocimiento se expresa como la acción. A mi modo de ver, destacar esto tiene importancia porque cuestiona el planteamiento que separa la acción del conocimiento, la práctica de la teoría. Pero esto es algo sobre lo que volveremos más adelante.

Partiendo del sujeto vivo hemos llegado a la organización inconsciente de la acción, el conocimiento inconsciente. En la próxima entrada aterrizaremos en el ser humano para explicarnos el conocimiento consciente.

Las protestas en Irán y el capitalismo mundial

Introducción Los últimos acontecimientos en Irán nos ofrecen una oportunidad para comprender dialécticamente el vínculo entre las manifestac...