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miércoles, 10 de diciembre de 2025

La izquierda ante el declive del eurocapitalismo

Introducción

Las recientes declaraciones de Trump sobre la Unión Europea calificándola de decadente y “gobernada por débiles” ya no ruborizan ni a las propias élites. Funcionan como un espejo que devuelve la imagen de un precipicio hacia el que pueden ser arrastrados los pueblos europeos.  A la vez, colocan a la izquierda en una encrucijada: además de organizarse frente a la ola derechizadora, necesita levantar la mirada y preguntarse qué referencia estratégica internacional adoptar en un escenario de agotamiento del modelo eurocapitalista.


Antecedentes históricos y la revolución rusa

El primer cuarto del siglo XX vivió un auge reivindicativo, mediado por ideologías revolucionarias. Aquello no fue un accidente político, sino el resultado del desarrollo capitalista, que incrementaba aceleradamente y desordenadamente la fuerza de trabajo, incentivando su organización y lucha. Fue el propio capital quien abrió el gran ciclo de luchas sociales a nivel mundial: revolución mexicana (1910), revolución alemana (1918), la república soviética húngara (1919), el bienio rojo italiano (1919-1920). Por supuesto, también, la revolución rusa de 1917.

Esto no pasó desapercibido a las clases dominantes y las alertó sobre la necesidad de tomar medidas. La más inmediata fue la represión, pero pronto se pusieron en marcha estrategias más “inteligentes”. En Europa, en países como Gran Bretaña y Alemania, la burguesía apoyada por sus estados, exploraron fórmulas reformistas: legalización de sindicatos, sufragio masculino, seguros sociales (pensiones y desempleo).

La Gran Depresión de 1929, en USA, fue otra prueba de fuego. El New Deal de Roosevelt no solo fue un programa económico, también tuvo un componente ideológico: mostrar la viabilidad del capitalismo reformado que neutralizara el peligro comunista.


La URSS y la emergencia del eurocapitalismo

De modo que el modelo de desarrollo capitalista europeo se acelera y generaliza tras la Segunda Guerra Mundial, resultado del nuevo equilibrio del capitalismo mundial, para responder directamente a la experiencia soviética. 

Efectivamente, la sociedad soviética y sus avances sociales (pleno empleo, educación y sanidad gratuitas, política de viviendas, el voto femenino, aborto, guarderías, entre otros), eran un atractivo escaparate para las clases trabajadoras mundiales y europeas. 

Más allá de las consideraciones sobre la naturaleza social de la URSS (ver nuestro blog), la clase capitalista mundial vio un justificado peligro en la “gran patria socialista”, donde: la burguesía fue expropiada, centralizada estatalmente la propiedad de los medios de producción e implantada la ideología socialista legitimadora de todo ello. 

Así que la supervivencia de la URSS, a pesar del hostigamiento del capital internacional (intervención en la guerra civil rusa, bloqueo diplomático y económico, campaña anticomunista permanente, represión de organizaciones obreras y comunistas, incluso la propia II GM) y la posterior victoria en la Segunda Guerra Mundial, mostró a la clase capitalista, principalmente estadounidense y europea, la necesidad de emprender formas de dominación más sutiles.


El auge del eurocapitalismo

El eurocapitalismo fue la respuesta, a través de la lucha de clases, al doble desafío: mantener el capitalismo bajo la hegemonía estadounidense, por una parte, a la vez que se neutralizaba la influencia soviética y del movimiento comunista.

Consistió en mostrar el rostro amable del capitalismo avanzado, donde la explotación capitalista era compatible con niveles de bienestar que anestesiaba el conflicto obrero. Así sus grandes ejes pueden resumirse en: el capitalismo como orden incuestionado (estado, leyes, ideología, educación, medios de comunicación), aceptación de la hegemonía estadounidense (Plan Marshall, Guerra Fría, OTAN, Red Gladio, USAID, Radio Liberty, entre otras), canalización del conflicto social a través del Estado del bienestar (economía mixta, keynesianismo, sanidad, educación, vivienda, pensiones), y el predominio ideológico del social-capitalismo que articulaban políticamente la socialdemocracia y la democracia cristiana, y el anticomunismo jugando un papel central.

Este capitalismo europeo de rostro humano, muy alejado del capitalismo salvaje reinante en el resto del mundo, permitía a Europa dar lecciones de derechos (humanos, civiles, políticos) en la comunidad internacional, mientras la URSS y el comunismo representaron algún peligro concretado en las organizaciones  de masas (Italia, Francia, Portugal, Grecia, España). Ante ellas, la culta Europa, además de educación y propaganda, desplegó una fuerte represión (ilegalización, cárcel, exilio, purgas, dictaduras). 

Además, en Europa, el capital se reconfiguró bajo una unidad que empieza siendo económica para ir ampliándose, la Unión Europea, exponente del eurocapitalismo.


El declive del Eurocapitalismo

La crisis de los años setenta, con el fin de la fase expansiva del ciclo de la posguerra, mostrará algunos de los límites del eurocapitalismo (dependencia petrolífera, inflación, desindustrialización, desempleo, rentabilidad) como resultado de la crisis capitalista mundial y su inserción en la circulación global del capital.


La respuesta neoliberal (Thatcher, Kohl, González, Delors), ya en los ochenta, apuntará en lo que será la política de privatizaciones, liberalizaciones, desmantelamiento del Estado del bienestar. También la ampliación de la UE (España, Portugal). 


El derrumbe del bloque soviético, en los noventa, dará algo de oxígeno, proveyendo de áreas de expansión a la UE. Las nuevas relaciones con una Rusia que aspira a incorporarse al bloque occidental también será fuente extraordinaria de materias primas y energía baratas, además de un gran mercado. Sin embargo, el capital norteamericano ansioso por el fraccionamiento de Rusia, no puede tolerar el avance de un bloque Euroasiático.


La Gran Recesión (2008) vuelve a exhibir las debilidades del eurocapitalismo cuya integración va lenta en relación a los requisitos de la competencia mundial (pérdida de competitividad, vulnerabilidad financiera, desindustrialización) donde emergen una serie de nuevas potencias, caso de China, sumando la crisis del euro, ante la que prevalecerán las viejas recetas neoliberales (austeridad, recortes sociales, disciplina fiscal y monetaria).


A partir de 2014, el nuevo orden geopolítico donde las potencias USA y China (junto a los BRICS) disputan el dominio mundial; la expansión del capital ruso que no se pliega ante el europeo y yanqui, terminará con la declaración otanista de guerra híbrida, que el gobierno ruso responderá invadiendo Ucrania y avanzando sobre África; a su vez, los gobiernos occidentales removerán el Extremo Oriente y permitirán el exterminio israelí de Gaza. 


Eurocapitalismo putrefacto y derechización

En este tablero, la UE se muestra cada vez menos relevante, por su desubicación en la circulación mundial del capital, particularmente del norteamericano, al que las élites europeas se aferran con desesperación.


Esta situación es más dramática porque ese capital USA trata a la UE con displicencia haciéndole pagar caro su liderazgo: las amenazas territoriales (Groenlandia), los aranceles, o la venta del caro gas licuado. Además, le vende su papel de gendarme mundial, obligándola a incrementar los presupuestos militares que ha de gastar en buena medida en armas norteamericanas.


La forma política adecuada para esta subordinación a USA y para la ofensiva de recortes que exige el belicismo es la derechización y el ascenso de la extrema derecha. La cual ya está normalizada en las instituciones europeas y gobierna en varios países (Italia, Hungría, Finlandia, Croacia, Eslovaquia, República Checa, por ahora). En la medida que esto se extienda asistiremos a recortes laborales, sociales, civiles y políticos, acompañados de un aumento de la represión del pensamiento disidente y los movimientos sociales.


Por una euroizquierda organizada

Mientras la derecha remata al agotado eurocapitalismo, que ya no resulta funcional para el capital americano que lo sostenía, la izquierda europea habrá de hacer tanto la crítica como la construcción de una alternativa al eurocapitalismo putrefacto. 


Durante mucho tiempo, más allá del período prosoviético, el modelo social europeo fue el paradigma de buena parte de la izquierda. El declive y probable final de este modelo, la obliga a repensar un nuevo referente internacional. Si el capital europeo quiere contar, habrá de permanecer unido y dejar atrás el agotado eurocapitalismo, redefiniendo su lugar en el capitalismo mundial. Existen tres opciones estratégicas: marchar sola, acompañarse del capital ruso o vincularse al capital chino.


Ante ello, la izquierda, todavía débil y fragmentada, habrá de hacer un serio esfuerzo de unidad y organización para sobrevivir, así como prepararse para armar el contraataque. También, de defender la unidad de los pueblos de Europa y discutir la forma política de inserción en el sistema mundial, la izquierda  habrá de hacer frente a las contradicciones del capitalismo en los planos ecológico, laboral, familiar, político ... Eso implica pensar cómo gestionar la economía mediante una centralización del capital, administrada democráticamente a través de la planificación orientada a las necesidades de la población. Además, de incorporar las tecnologías (incluida la Inteligencia Artificial), para elevar la productividad garantizando un bienestar material sostenible, que incluya la reducción de la jornada laboral. Todo ello como paso previo a un escenario en el que la vida social pueda regularse conscientemente mediante la asignación directa del producto del trabajo a las necesidades personales, es decir al socialismo.

lunes, 17 de junio de 2024

Por qué se derechiza la clase obrera (II) por PAGR

 

Habíamos quedado en que la derechización de la Unión Europea nos remitía a la derechización de la clase obrera (ver criticonomia.blogspot.com), que es el fenómeno al que nos queremos aproximar en lo que sigue.


Para ello, procedemos mediante el análisis (separación) y la abstracción (quitar determinaciones) para obtener las categorías explicativas. Este será el cometido en la exposición que sigue.


Cualquier miembro de la clase obrera actúa políticamente cuando realiza una elección, ya sea ésta abstenerse o votar (a un partido de la derecha o de la izquierda). Así considerado se trata de un sujeto que lleva a cabo una acción política (electoral) y nos preguntamos por lo que le mueve. Respondiéndonos que su conciencia individual. Por tanto, para entender su acción hay que mirar su conciencia.


Esta conciencia individual, que da pie a distintas acciones (abstencion, voto a la izquierda o voto a la derecha), tiene muchos determinantes, pero el principal -en nuestra opinión- es la conciencia de clase obrera. Tal conciencia obrera se presenta bajo diversas modalidades, hemos de detenernos en esto. En cualquier caso, la conciencia obrera es un atributo del ser obrero, por lo que hemos de preguntarnos por la clase obrera y su fragmentación.

Antes detengámosnos en la conciencia enajenada. Lo que caracteriza a esta conciencia, y esto es un resultado de la producción teórica de Marx, es que es una conciencia libre enajenada en la mercancía (fuerza de trabajo) y en el capital (como forma desarrollada de la mercancía). Esto significa que: la persona obrera tiene su libertad condicionada a su inserción en la relación de capital, solo si vende su fuerza de trabajo y, antes, se forma para venderla, consume para venderla, etc. adquiere los medios para vivir en la sociedad capitalista. Por ello, su forma de ver e interpretar el mundo está sujeta a esta determinacion principal. No entramos en los momentos y posibilidades de desenajenarse, o sea de adquirir una conciencia enajenada que se sabe tal y, por tanto, en condiciones de actuar de manera distinta, ello sería materia de otra exposicion.

La clase obrera o asalariada, integrada por el conjunto de personas que venden su fuerza de trabajo, se nos aparece fragmentada, según la modalidad de fuerza de trabajo que personifica. Nos preguntamos por esta diversidad, que es la forma de su unidad. Efectivamente, la fuerza de trabajo presenta diversas características según formación, cualificación, sexo, edad, etc. Además de ser empleada, la clase obrera reproduce su fuerza de trabajo (habita, consume, descansa, ...). En definitiva, las condiciones materiales y sociales que rodean el consumo y la reproducción de la fuerza de trabajo están presentes en la segmentación de la clase obrera.


Entre los integrantes de la clase obrera se establece una relación de competencia por la venta de la fuerza de trabajo y que, en ausencia de una relación de solidaridad (sindicato), va a determinar la venta de su fuerza de trabajo por debajo de su valor dada la sobrepoblación obrera que genera el capital (parados).


La clase obrera no existe sola, sino junto a sus empleadores, los que le compran la fuerza de trabajo, la clase capitalista o burguesía. Estos, en cuanto propietarios de los medios de producción, deciden en lo inmediato qué, cuánto y cómo producir, con el objetivo de obtener más valor (plusvalor) del que adelantaron (salario). Para ello deben explotar a la fuerza de trabajo que contratan, o sea haciendo que ésta genere más valor del que finalmente cobra. Tanto en la compraventa de la fuerza de trabajo, acordando el salario, como en el uso de dicha fuerza, lo que gana uno lo pierde el otro. O sea, burgueses y asalariados, mantienen una relación antagónica, la lucha de clases.


Esta lucha se expresa de diversas formas, una es la sindical donde se disputan las condiciones inmediatas de trabajo (salario, jornada, entre otras) y otra es la jurídico-política que obliga a intervenir a las instituciones (jueces, gobiernos, u otros). Ambas formas presuponen que la clase obrera se organiza en sindicatos o partidos, que expresan sus intereses y en los que las diversas fracciones de la clase obrera se ve representada, por lo que hemos de detenernos en la diversidad de partidos (y como caso extremo la dicotomía derecha e izquierda).


Estos partidos compiten electoralmente por situar sus representantes en las instituciones políticas, caso del Parlamento europeo. Allí, se establece una lucha institucional, donde la disputa adopta la forma de medidas, políticas, planes, legislaciones y presupuestos, que benefician en mayor o menor medida a unas u otras fracciones de la clase obrera y de la burguesía (también con su fraccionamiento). Las instituciones de la UE representan políticamente al capital europeo en su totalidad.


Al mirar esta lucha de clases, al margen de sus formas concretas (sindical, judicial, institucional, política, pongamos por caso) vemos que es la manera en que las clases establecen la relación de capital, la compraventa de la fuerza de trabajo. Y que el movimiento de esta relación nos remite a la acumulación de capital, que a su vez nos lleva al proceso capitalista de producción, al proceso de valorización en cuya materialidad (proceso de trabajo) hay que buscar los atributos que el capital necesita y, por tanto, la diversidad de fuerzas de trabajo demandadas por el capital. A su vez, el proceso de producción nos hace mirar el capital, el dinero, el valor y la mercancía (todo esto y lo anterior está en Marx).


Tomando la acumulación europea de capital podemos ver las distintas formas y fracciones del capital europeo, con necesidades comunes y específicas. Particularmente, hay capitales europeos más avanzados que se expanden, otros en fase de maduración que se estancan y capitales más atrasados que se reducen. Este distinto grado de desarrollo tiene que ver con las características propias de los capitales (tecnología, productividad) y con su inserción en el mercado mundial (especialización). Allí el capital europeo compite con capitales de otros bloques económicos, actualmente USA y BRIC’s, junto a la lucha por los mercados se produce la lucha por los recursos, abriendo el abanico de posibilidades que nos muestra la geopolítica mundial (tratados, acuerdos comerciales, aranceles, sanciones, guerras, entre otros).


En la exposición anterior nos hemos remontado desde lo más concreto (acción electoral) hasta lo más abstracto (acumulación mundial de capital), destacando las categorías que nos sirvan para explicarnos aquella realidad. Es importante no pararse antes de llegar al final porque ello da pie a la naturalización de la categoría, a una reproducción mental parcial o superficial del fenómeno (ideológica) y a la mutilación de su conocimiento.


Así, por ejemplo, si nos paramos en la conciencia individual, alguien podría pensar que los obreros votan así porque les da la gana; o si nos paramos en la conciencia de clase tenemos que la conciencia, en abstracto, determina la acción política sin explicarnos tal conciencia (condiciones materiales en que es producida), con lo que no solo incurriríamos en una abstracción sino también en una idealización. De igual manera, si nos detenemos en la clase social, en el partido político, en las instituciones políticas, o en el capital europeo sin llegar al capital mundial.


Ahora nos queda retornar al concreto (acción electoral de los miembro de la clase obrera), pero ya no como representación caótica de la realidad sino como un concreto pensado síntesis de múltiples determinaciones. Pero esto quedará para la siguiente entrega.

Las protestas en Irán y el capitalismo mundial

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