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lunes, 18 de agosto de 2025

Frente al fuego capitalista en España

El fuego azota a España, y a buena parte de la Unión Europea especialmente en el área mediterránea, también al mundo (el fuego de California). Parece un fenómeno natural ante cuya arbitrariedad la racionalidad humana poco puede hacer. Sin embargo, un mínimo detenimiento nos muestra sus aspectos sociales abriéndose un abanico de intervenciones. Finalmente, nuestra mirada pretende ir más allá.

España arde; más de trescientas mil hectáreas carbonizadas. Esto representa casi el 1,0 por ciento de los 28 millones de superficie forestal (España es el tercero de la UE). Sin embargo, la sensación que trasladan los medios de comunicación es otra, con ello unos tiran trastos a otros y en el camino otros fenómenos (guerras, genocidios, corrupción, vivienda, inmigración, entre otros) se difuminan. Por qué.

Los daños están ahí, requiriendo tomarse el asunto en serio y con decisión. Más de treinta mil desplazados, miles de primeras y segundas residencias incendiadas junto a muchos negocios, miles de vacaciones truncadas, casi una decena de muertos, espacios públicos (polideportivos, residencias o albergues) -y pocos privados- abarrotados con depliegues de la Cruz Roja, promesas de ayudas públicas; son motivo suficiente. Ahora se echan de menos las soluciones de autorregulación del mercado. Solo a modo de indicador, el coste económico de apagar una hectárea es de 19 mil euros, ahí no se incluye el coste social derivado. Pero, todo esto tiene mucho de la mano del hombre, ahora el fenómeno se nos presenta menos natural o atmosférico. 


Qué podemos hacer contra el fuego

Lo primero, intentar apargarlo, para lo cual contar con medios de extinción es fundamental. Cuánto presupuesto dedican los gobiernos; todos, desde el nacional hasta el local; pasando por los autonómicos, que detentan las principales -no todas- competencias, de la seguridad frente al fuego. El presupuesto público en extinción (nacional y comunitario) se ha mentenido en torno a los 400 millones de euros en 2009-2022  (período en el que el dinero se depreció casi un 30%). 

Cuando consigamos que se vaya el humo, sería bueno actuar con más amplitud de miras. La prevención es una de las perjudicadas de la gran partida presupuestaria contra el fuego. En el mismo período descendió en más del 25 por ciento, situándose en 175 millones de euros.

En un tratamiento aun más amplio, se incluyen actividades conexas, más allá de la extinción y la prevención, como la investigación, la reforestación, infraestructuras o la gestión de recursos forestales. Esta es la principal partida, aunque también ha sufrido el recorte correspondiente, pasando de 1.000 a 700 millones de euros. Las campañas de concienciación rondan los 50.

Esa gran partida es importante porque incluye las ayudas a las explotaciones privadas forestales (producción de madera, corcho y otros), que las hay. Primero, el 70 por ciento de la superficie forestal española es privada. Sin embargo, las exigencias de medidas de seguridad forestal, y no digamos de responsabilidades, son mínimas. La modernización y profesionalización, eufemismos de un desarrollo capitalista, está pendiente. España tiene un déficit claro: mientras en la media europea se aprovecha el 60 por ciento de la biomasa forestal generada, en España solo es el 40 por ciento; el resto queda amontonado. Este absentismo productivo de los propietarios privados de bosques no se puede achacar a la protección de espacios forestales, que representan un porcentaje pequeño en el caso de Parques Nacionales y Parques Naturales, la mayoría púbicos; y que en su forma más laxa (Red Natura 2000 y Reservas de la Biosfera) ocupan el 30 por ciento de la superficie forestal, se reparten por mitad entre público y privado. Esta mayor eficiencia en la explotación forestal vendría muy bien a la sociedad española que necesita 50 millones de metros cúbicos de madera de los que ha de importar más de 30. Una condición necesaria para incentivar esto desde lo público sería el compromiso con el avance tecnológico que redundara en mayores controles de seguridad y de la gestión evitando el despilfarro que significa el fuego.

Pero, una gestión científica, del fuego exige conocer el por qué se produce, qué condiciones lo hacen posible y cuáles permiten que progrese hasta alcanzar viviendas, pongamos por caso. 

Las estadísticas al respecto son elocuentes: la primera causa es la humana (intención o negligencia) con el 40%, luego el abandono y ausencia de gestión forestal (30 %), cambio climático (20%), y otras como  (infraestructuras, vegetación o fenómenos atmosféricos extremos), 10 por ciento.


Una nueva conciencia frente al fuego

Por atractiva que parezca la idea de un pirómano desequilibrado sobre el que descargar toda la responsabilidad aplicándole la Ley de Talión, esa visión demagógica es injusta, irreal y poco efectiva.

Más allá de quien prende la llama, los incendios toman dimensiones y tamaños, por tanto provocan efectos amplios y dañinos, por otros motivos. En este sentido, recurrir a las condiciones climatológicas tanto pasadas como presentes resulta una respuesta inmediata: que si ha llovido mucho y hay mucho arbusto; que si tanto material combustible acumulado; que si hace mucha calor a lo que se junta el viento, entonces la propagación del fuego es más fácil; que si no ha llovido, que si … A más el cambio climático. 

Todo es cierto. Pero, resulta que el material que arde está acumulado, la gestión y el abandono del mismo responde a intereses privados y a medidas públicas. El despoblamiento, la España vaciada, el éxodo rural, no son fenómenos atmosféricos; los modelos culturales y de ocio (barbacoas o cotos de caza), tanto de las clases altas como de las bajas, tampoco caen del cielo; las prioridades en los presupuestos públicos (armamento o contraincendios) no son un accidente de la naturaleza; las formas de la gestión privada de los recursos forestales no responden a inclemencias del tiempo; incluso la abstracta crítica a la política (no se qué de despachos), como el juego politiquero de tirarse trastos exigiendo interrumpir vacaciones o acercarse a las zonas devastadas, todo este espectáculo donde los medios juegan su papel, y la sociedad se sacude la responsabilidad; el calculado tratamiento mediático bien para reprochar al adversario partidista bien para tapar otros asuntos; incluso el demente que se aburría y prendió la cerilla. Todo eso es, de una u otra forma, una manifestación de lo que somos.

Tanto en la intención como en la negligencia, la acción individual está mediada (en su diversidad de formas, relación laboral, lucha de clases, leyes, presupuestos, …) por la relación de capital, por el general y por el particular de cada uno. El fuego capitalista es un fenómeno específico de las sociedades actuales, donde el metabolismo que vincula al hombre en sociedad con la naturaleza, de la cual aquel es parte orgánica porque la materia es una en su diversidad, se caracteriza por una peculiaridad; se llama capital. Como red a través de la que se estructura el sujeto de la producción y el consumo sociales sobre la base de la valorización del valor, el capital determina la conciencia libremente enajenada que rige la acción personal en nuestra sociedad. Como superación de aquella conciencia, el avance de la conciencia dialéctica no solo nos demanda conocer las causas, inmediatas y mediatas, traspasando así la apariencia; sino que, además, nos permite reconocer en su diversidad la unidad de la realidad, así como dirigir nuestra acción hacia la revolución del modo de producción capitalista rumbo a un desarrollo humano más pleno. 


sábado, 22 de junio de 2024

Por qué se derechiza la clase obrera europea (y III) por PAGR

 

En la primera colaboración concluíamos que la derechización de Europa nos remitía a la derechización de su clase obrera. En la segunda, abordábamos el esqueleto de nuestro análisis destacando las categorías que nos permitirían entender este fenómeno, yendo de lo concreto a lo abstracto. Finalmente, desde lo abstracto a lo concreto, nos aproximamos de manera comprensiva a la derechización de la clase obrera europea.

La acumulación mundial de capital se caracteriza, en el momento actual, por el enfrentamiento, más o menos velado (guerras, aranceles, sanciones) entre dos grandes bloques, uno que avanza (BRIC’s) y otro que retrocede (USA-Europa). En esta alianza en retroceso, el capital europeo es la parte débil, teniendo un papel auxiliar y subsidiario, con menos acceso autónomo a mercados y a recursos, que en última instancia debe a su menor capacidad para competir en el mercado mundial por su menor productividad en las ramas en que se ha especializado dada la división internacional del trabajo. Esto se expresa en el bajo crecimiento del capital europeo y en la situación de estancamiento desde hace años.

Esta debilidad, en el ámbito internacional, donde se juega la distribución del plusvalor mundial, reclama incrementar la producción de plusvalor en el interior de la UE. Cuestión que condicionará el tipo de políticas que se impulsen desde la Unión Europea e incluso desde los propios gobiernos integrantes de la misma. La situación bélica no solo agrava la subordinación al capital americano sino que además acentúa el carácter restrictivo de las políticas comunitarias, acaparando presupuesto y reorientándolas hacia lo militar.

Además, la acumulación europea de capital se desarrolla a través de sectores avanzados, maduros y en retroceso. De hecho la UE tiene que favorecer la innovación tecnológica en unos sectores (aeronáutica, hardware), dar ayudas para el mantenimiento del empleo en otros (automoción) y garantizar la viabilidad de las explotaciones en sectores que no son competitivos a nivel internacional (agrícola y ganadero, por ejemplo). Ante la diversidad de la situación de los capitales, por sectores y países, la UE ha de atender necesidades diversas e implementar políticas distintas según este fraccionamiento del capital.

De esta manera, las instituciones de la Unión Europea, la superestructura (jurídica, política e ideológica) que representa políticamente al capital europeo en su totalidad, desplegarán una legislación, presupuestos y medidas que favorezcan la mayor explotación de la fuerza de trabajo europea para aumentar la mencionada extracción de plusvalor, a la vez que atiende a los intereses de los distintos tipos del capital europeo en el marco de los requerimientos belicistas.

Estas políticas en que se concreta el tipo de intervención pública europea pasa, en definitiva, por menos derechos humanos, menos derechos sociales y menos compromisos medioambientales, que se deciden en las instituciones europeas. Por tanto, el capital europeo actual reclama un parón de la agenda social tradicional europea. Antes que la Comisión Europea lance estas políticas (restrictivas en lo social y expansivas en lo bélico) con destino a los distintos países, han de pasar en mayor o menor medida por la eurocámara, donde los partidos votan las diversas leyes, planes, presupuestos y políticas.

Pero, no todos los partidos sirven para aprobar las medidas restrictivas y los recortes presupuestarios que reclama, en el contexto de guerra, el aumento de la explotación de la fuerza de trabajo europea. Aquellos partidos en cuyos programas se combinan en mayor o menor medida el liberalismo económico (individualización, liberalización, privatización, recortes laborales y sociales) y el regulacionismo ciudadano (restricciones a las libertades y derechos civiles y humanos, recortes presupuestarios) (ver Apuntes sobre Derecha e Izquierda en criticonomia.blogspot.com), están en mejores condiciones de representar esta necesidad del capital europeo. Esto tiene como expresión la derechización del arco europarlamentario, incluyendo a la propia izquierda empezando por la más moderada (socialdemocracia), fenómeno que no es reciente, como puede comprobarse en el gráfico que muestra el reparto de los escaños del Europarlamento desde 1979.


Hasta ahora la gran coalición de centro ha venido siendo un instrumento útil en la medida que liberales y sobre todo socialdemócratas han ido cediendo en favor de una agenda más cercana a la derecha (neoliberal). Actualmente, aunque tampoco es algo novedoso, una manifestación de que el imperativo del capital reclama acelerar el proceso, es el auge de la extrema derecha que permitirá avanzar de manera más amplia y más rápido, de lo que hemos venido teniendo (un ejemplo, el pacto sobre inmigración que es visto por muchas organizaciones como un retroceso ha tardado en aprobarse más de cuatro años, y otro tanto las regulaciones medioambientales recientes).

Las distintas políticas puestas en marcha por las instituciones europeas, los debates entre partidos para aprobarlas, la configuración de los diversos grupos europarlamentarios, las elecciones europeas, y las luchas partidarias en el marco electoral, son otras tantas formas en que se desenvuelve la lucha de clases que caracteriza a la sociedad capitalista europea. Enfrentamiento entre clases que se desarrolla, pues, en diversos ámbitos territoriales (europeo y nacional), y se establece entre las distintas fracciones de las clases en liza, la burguesía y el proletariado europeos.

Esta lucha europea de clases manifiesta la diversidad de necesidades e intereses de las clases sociales y sus segmentos. Al punto que, en el caso de los partidos, que expresan dichas necesidades e intereses, se configuran cada vez en mayor medida, como veremos, en organizaciones políticas interclasistas, porque así se presentan en lo inmediato esos intereses y necesidades.

Tomemos el caso de la clase obrera. La segmentación de la clase obrera que tiene que ver con la tipología de la fuerza de trabajo (sexo, edad, formación, cualificación, nacionalidad, entre otras), con las características del capital que la emplea (avanzado, estancado o en retroceso) y, en última instancia, con la materialidad del proceso de producción (el uso de tecnologías como robotización, automatización, digitalización).

Estos segmentos introducen necesidades e intereses específicos junto a los generales (los que afectan a todos los vendedores de fuerza de trabajo). En determinados momentos, estos intereses específicos cobran más relevancia que los generales, acentuando la división dentro de la propia clase, y permitiendo que la representación política de dicho segmento sea ostentada por partidos o corrientes ideológicas que, ausentes anteriormente, ahora ponen foco en esa especificidad. Por ejemplo el feminismo, la inmigración o el ecologismo, que siendo aspectos abanderados por la izquierda y a los que la derecha se ha ido sumando de manera ralentizada y moderadamente, son percibidos de manera distinta por los diversos segmentos de la clase obrera.

Más concretamente, la oposición al feminismo y a la inmigración en algunos sectores de la clase obrera tiene que ver con la competencia en el mercado laboral, cuestión que se agudiza más en las ramas productivas estacadas y en retroceso, así como en las cualificaciones donde es más efectiva tal competencia (en el caso de los inmigrantes los puestos menos cualificados y en el de las féminas se va transversalizando por el avance de las mujeres en su formación). La respuesta política de la conciencia enajenada es la restricción de derechos hacia dichos colectivos. Pero, lo mejor es que esta expresión de sus intereses inmediatos puede coincidir con los intereses no tan inmediatos de fracciones del capital, que solo pueden sobrevivir sobreexplotando la fuerza de trabajo para lo que requieren pagar bajos salarios, que cuelan mejor cuando la fuerza de trabajo está desprotegida, aislada o es ilegal.

Como se ve, la enajenación en el capital (en su capital, el que lo emplea) y en la mercancía (su mercancía, la fuerza de trabajo), va adquiriendo matices que se expresan políticamente en lo inmediato de manera diversa y a veces convergentes con sectores de la clase antagónica que, en esto, hace causa común.

Otro ejemplo lo proporcionan los asalariados de renta alta acorde con la situación de su capital, su cualificación y su formación. Estos, como la burguesía, ven en el Estado social (o en los aspectos sociales del estado, servicios públicos de masa) un enemigo dispuesto a expropiarlos a base de impuestos. Además, igual que la burguesía, no necesitan estos servicios públicos (sanidad, educación, pensiones, prestaciones por desempleo) desarrollados (ampliamente extendidos) porque ellos acceden a la modalidad privada de los mismos: aseguradoras sanitarias, educación concertada o privada, fondos de pensiones, y bajadas de la fiscalidad. Los partidos de la derecha expresan mejor estas necesidades e intereses que los de la izquierda (hasta ahora).

Podríamos seguir con otros fragmentos del obrero colectivo y con otros asuntos que se sitúan en un primer plano; en esta última cuestión tiene mucho que decir la función enajenante de los medios de comunicación (campañas “informativas” contra la ocupación que atemorizan a los propietarios de viviendas, que destacan los efectos fiscales de la inflación, mencionan rasgos nacionales o raciales de los delincuentes cuando son extranjeros, o influencers que discuten la idoneidad de las mujeres para ser bomberos, entre otras muchas portadas), pero lo dejamos para otro momento.

Un último caso concreto de segmento de clase obrera, éste muy vinculado a la desafección electoral (abstención) o al voto a la derecha en su modalidad extrema, es el de los integrantes del ejercito laboral de reserva (población parada) o empleados en sectores en retroceso, cuya fuerza de trabajo no requiere excesiva cualificación y pueden ser sustituidos con facilidad por fuerza de trabajo inmigrante. En este caso, la conciencia enajenada en la mercancía pasa por defender la compraventa de la fuerza de trabajo de manera insolidaria y excluyente, tendiendo a votar a quienes les prometan acabar con la culpable competencia foránea. Sobre todo en esta capa, y alimentado por el discurso antipolitica (la política no vale para nada, son todos iguales, solo quieren llenarse los bolsillos), otro mecanismo enajenante, muchos preferirán seguir a su equipo favorito a perder su precioso tiempo votando.

Por supuesto, a medida que se asciende en concreción, van entrando en juego más determinantes de la conciencia: la historia y las experiencias laborales, vecinales, familiares, pueden resaltar aspectos o difuminar otros. Entramos así en el fantasmagórico mundo de la particular forma de la conciencia libre enajenada en el capital, la conciencia individual.

La conciencia libre enajenada (libertad subsumida en la enajenación) que produce la relación social general (capital), en este caso sobre la clase obrera y en las circunstancias actuales (el papel del capital europeo en la acumulación mundial de capital), en ausencia de operadores sobre la producción de dicha conciencia (experiencias, discursos y teorías desenajenantes), nos permite entender la acción política de ésta y su forma electoral en la actualidad.

La enajenación de la conciencia libre de la clase obrera es un resultado del fetichismo de la mercancía que ya descubriera Karl Marx. No es nuevo, pero menos cuenta se le echa, en el quehacer político cotidiano (y en su correspondiente organización).

Si tuviésemos que resumir lo dicho, de manera apretada, la derechización de Europa es la expresión de la acción política de las clases sociales, particularmente de la clase obrera europea (por acción u omisión, de sus fracciones más influyentes), como resultado de su enajenación en el capital europeo que, a falta de iniciativas desenajenantes, la lleva a apoyar a los partidos que mejor representan las políticas (civiles y sociales) que el capital europeo reclama como respuesta inmediata a su debilidad en el marco de la competencia internacional de capitales. Otra cosa es ver las salidas que una organización de la clase obrera, con el propósito de superar la subordinación de las personas al capital, se pudiera plantear para operar sobre la producción de la conciencia enajenada de la clase obrera. Pero, esto será en otro momento.


lunes, 17 de junio de 2024

Por qué se derechiza la clase obrera (II) por PAGR

 

Habíamos quedado en que la derechización de la Unión Europea nos remitía a la derechización de la clase obrera (ver criticonomia.blogspot.com), que es el fenómeno al que nos queremos aproximar en lo que sigue.


Para ello, procedemos mediante el análisis (separación) y la abstracción (quitar determinaciones) para obtener las categorías explicativas. Este será el cometido en la exposición que sigue.


Cualquier miembro de la clase obrera actúa políticamente cuando realiza una elección, ya sea ésta abstenerse o votar (a un partido de la derecha o de la izquierda). Así considerado se trata de un sujeto que lleva a cabo una acción política (electoral) y nos preguntamos por lo que le mueve. Respondiéndonos que su conciencia individual. Por tanto, para entender su acción hay que mirar su conciencia.


Esta conciencia individual, que da pie a distintas acciones (abstencion, voto a la izquierda o voto a la derecha), tiene muchos determinantes, pero el principal -en nuestra opinión- es la conciencia de clase obrera. Tal conciencia obrera se presenta bajo diversas modalidades, hemos de detenernos en esto. En cualquier caso, la conciencia obrera es un atributo del ser obrero, por lo que hemos de preguntarnos por la clase obrera y su fragmentación.

Antes detengámosnos en la conciencia enajenada. Lo que caracteriza a esta conciencia, y esto es un resultado de la producción teórica de Marx, es que es una conciencia libre enajenada en la mercancía (fuerza de trabajo) y en el capital (como forma desarrollada de la mercancía). Esto significa que: la persona obrera tiene su libertad condicionada a su inserción en la relación de capital, solo si vende su fuerza de trabajo y, antes, se forma para venderla, consume para venderla, etc. adquiere los medios para vivir en la sociedad capitalista. Por ello, su forma de ver e interpretar el mundo está sujeta a esta determinacion principal. No entramos en los momentos y posibilidades de desenajenarse, o sea de adquirir una conciencia enajenada que se sabe tal y, por tanto, en condiciones de actuar de manera distinta, ello sería materia de otra exposicion.

La clase obrera o asalariada, integrada por el conjunto de personas que venden su fuerza de trabajo, se nos aparece fragmentada, según la modalidad de fuerza de trabajo que personifica. Nos preguntamos por esta diversidad, que es la forma de su unidad. Efectivamente, la fuerza de trabajo presenta diversas características según formación, cualificación, sexo, edad, etc. Además de ser empleada, la clase obrera reproduce su fuerza de trabajo (habita, consume, descansa, ...). En definitiva, las condiciones materiales y sociales que rodean el consumo y la reproducción de la fuerza de trabajo están presentes en la segmentación de la clase obrera.


Entre los integrantes de la clase obrera se establece una relación de competencia por la venta de la fuerza de trabajo y que, en ausencia de una relación de solidaridad (sindicato), va a determinar la venta de su fuerza de trabajo por debajo de su valor dada la sobrepoblación obrera que genera el capital (parados).


La clase obrera no existe sola, sino junto a sus empleadores, los que le compran la fuerza de trabajo, la clase capitalista o burguesía. Estos, en cuanto propietarios de los medios de producción, deciden en lo inmediato qué, cuánto y cómo producir, con el objetivo de obtener más valor (plusvalor) del que adelantaron (salario). Para ello deben explotar a la fuerza de trabajo que contratan, o sea haciendo que ésta genere más valor del que finalmente cobra. Tanto en la compraventa de la fuerza de trabajo, acordando el salario, como en el uso de dicha fuerza, lo que gana uno lo pierde el otro. O sea, burgueses y asalariados, mantienen una relación antagónica, la lucha de clases.


Esta lucha se expresa de diversas formas, una es la sindical donde se disputan las condiciones inmediatas de trabajo (salario, jornada, entre otras) y otra es la jurídico-política que obliga a intervenir a las instituciones (jueces, gobiernos, u otros). Ambas formas presuponen que la clase obrera se organiza en sindicatos o partidos, que expresan sus intereses y en los que las diversas fracciones de la clase obrera se ve representada, por lo que hemos de detenernos en la diversidad de partidos (y como caso extremo la dicotomía derecha e izquierda).


Estos partidos compiten electoralmente por situar sus representantes en las instituciones políticas, caso del Parlamento europeo. Allí, se establece una lucha institucional, donde la disputa adopta la forma de medidas, políticas, planes, legislaciones y presupuestos, que benefician en mayor o menor medida a unas u otras fracciones de la clase obrera y de la burguesía (también con su fraccionamiento). Las instituciones de la UE representan políticamente al capital europeo en su totalidad.


Al mirar esta lucha de clases, al margen de sus formas concretas (sindical, judicial, institucional, política, pongamos por caso) vemos que es la manera en que las clases establecen la relación de capital, la compraventa de la fuerza de trabajo. Y que el movimiento de esta relación nos remite a la acumulación de capital, que a su vez nos lleva al proceso capitalista de producción, al proceso de valorización en cuya materialidad (proceso de trabajo) hay que buscar los atributos que el capital necesita y, por tanto, la diversidad de fuerzas de trabajo demandadas por el capital. A su vez, el proceso de producción nos hace mirar el capital, el dinero, el valor y la mercancía (todo esto y lo anterior está en Marx).


Tomando la acumulación europea de capital podemos ver las distintas formas y fracciones del capital europeo, con necesidades comunes y específicas. Particularmente, hay capitales europeos más avanzados que se expanden, otros en fase de maduración que se estancan y capitales más atrasados que se reducen. Este distinto grado de desarrollo tiene que ver con las características propias de los capitales (tecnología, productividad) y con su inserción en el mercado mundial (especialización). Allí el capital europeo compite con capitales de otros bloques económicos, actualmente USA y BRIC’s, junto a la lucha por los mercados se produce la lucha por los recursos, abriendo el abanico de posibilidades que nos muestra la geopolítica mundial (tratados, acuerdos comerciales, aranceles, sanciones, guerras, entre otros).


En la exposición anterior nos hemos remontado desde lo más concreto (acción electoral) hasta lo más abstracto (acumulación mundial de capital), destacando las categorías que nos sirvan para explicarnos aquella realidad. Es importante no pararse antes de llegar al final porque ello da pie a la naturalización de la categoría, a una reproducción mental parcial o superficial del fenómeno (ideológica) y a la mutilación de su conocimiento.


Así, por ejemplo, si nos paramos en la conciencia individual, alguien podría pensar que los obreros votan así porque les da la gana; o si nos paramos en la conciencia de clase tenemos que la conciencia, en abstracto, determina la acción política sin explicarnos tal conciencia (condiciones materiales en que es producida), con lo que no solo incurriríamos en una abstracción sino también en una idealización. De igual manera, si nos detenemos en la clase social, en el partido político, en las instituciones políticas, o en el capital europeo sin llegar al capital mundial.


Ahora nos queda retornar al concreto (acción electoral de los miembro de la clase obrera), pero ya no como representación caótica de la realidad sino como un concreto pensado síntesis de múltiples determinaciones. Pero esto quedará para la siguiente entrega.

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