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miércoles, 10 de diciembre de 2025

La izquierda ante el declive del eurocapitalismo

Introducción

Las recientes declaraciones de Trump sobre la Unión Europea calificándola de decadente y “gobernada por débiles” ya no ruborizan ni a las propias élites. Funcionan como un espejo que devuelve la imagen de un precipicio hacia el que pueden ser arrastrados los pueblos europeos.  A la vez, colocan a la izquierda en una encrucijada: además de organizarse frente a la ola derechizadora, necesita levantar la mirada y preguntarse qué referencia estratégica internacional adoptar en un escenario de agotamiento del modelo eurocapitalista.


Antecedentes históricos y la revolución rusa

El primer cuarto del siglo XX vivió un auge reivindicativo, mediado por ideologías revolucionarias. Aquello no fue un accidente político, sino el resultado del desarrollo capitalista, que incrementaba aceleradamente y desordenadamente la fuerza de trabajo, incentivando su organización y lucha. Fue el propio capital quien abrió el gran ciclo de luchas sociales a nivel mundial: revolución mexicana (1910), revolución alemana (1918), la república soviética húngara (1919), el bienio rojo italiano (1919-1920). Por supuesto, también, la revolución rusa de 1917.

Esto no pasó desapercibido a las clases dominantes y las alertó sobre la necesidad de tomar medidas. La más inmediata fue la represión, pero pronto se pusieron en marcha estrategias más “inteligentes”. En Europa, en países como Gran Bretaña y Alemania, la burguesía apoyada por sus estados, exploraron fórmulas reformistas: legalización de sindicatos, sufragio masculino, seguros sociales (pensiones y desempleo).

La Gran Depresión de 1929, en USA, fue otra prueba de fuego. El New Deal de Roosevelt no solo fue un programa económico, también tuvo un componente ideológico: mostrar la viabilidad del capitalismo reformado que neutralizara el peligro comunista.


La URSS y la emergencia del eurocapitalismo

De modo que el modelo de desarrollo capitalista europeo se acelera y generaliza tras la Segunda Guerra Mundial, resultado del nuevo equilibrio del capitalismo mundial, para responder directamente a la experiencia soviética. 

Efectivamente, la sociedad soviética y sus avances sociales (pleno empleo, educación y sanidad gratuitas, política de viviendas, el voto femenino, aborto, guarderías, entre otros), eran un atractivo escaparate para las clases trabajadoras mundiales y europeas. 

Más allá de las consideraciones sobre la naturaleza social de la URSS (ver nuestro blog), la clase capitalista mundial vio un justificado peligro en la “gran patria socialista”, donde: la burguesía fue expropiada, centralizada estatalmente la propiedad de los medios de producción e implantada la ideología socialista legitimadora de todo ello. 

Así que la supervivencia de la URSS, a pesar del hostigamiento del capital internacional (intervención en la guerra civil rusa, bloqueo diplomático y económico, campaña anticomunista permanente, represión de organizaciones obreras y comunistas, incluso la propia II GM) y la posterior victoria en la Segunda Guerra Mundial, mostró a la clase capitalista, principalmente estadounidense y europea, la necesidad de emprender formas de dominación más sutiles.


El auge del eurocapitalismo

El eurocapitalismo fue la respuesta, a través de la lucha de clases, al doble desafío: mantener el capitalismo bajo la hegemonía estadounidense, por una parte, a la vez que se neutralizaba la influencia soviética y del movimiento comunista.

Consistió en mostrar el rostro amable del capitalismo avanzado, donde la explotación capitalista era compatible con niveles de bienestar que anestesiaba el conflicto obrero. Así sus grandes ejes pueden resumirse en: el capitalismo como orden incuestionado (estado, leyes, ideología, educación, medios de comunicación), aceptación de la hegemonía estadounidense (Plan Marshall, Guerra Fría, OTAN, Red Gladio, USAID, Radio Liberty, entre otras), canalización del conflicto social a través del Estado del bienestar (economía mixta, keynesianismo, sanidad, educación, vivienda, pensiones), y el predominio ideológico del social-capitalismo que articulaban políticamente la socialdemocracia y la democracia cristiana, y el anticomunismo jugando un papel central.

Este capitalismo europeo de rostro humano, muy alejado del capitalismo salvaje reinante en el resto del mundo, permitía a Europa dar lecciones de derechos (humanos, civiles, políticos) en la comunidad internacional, mientras la URSS y el comunismo representaron algún peligro concretado en las organizaciones  de masas (Italia, Francia, Portugal, Grecia, España). Ante ellas, la culta Europa, además de educación y propaganda, desplegó una fuerte represión (ilegalización, cárcel, exilio, purgas, dictaduras). 

Además, en Europa, el capital se reconfiguró bajo una unidad que empieza siendo económica para ir ampliándose, la Unión Europea, exponente del eurocapitalismo.


El declive del Eurocapitalismo

La crisis de los años setenta, con el fin de la fase expansiva del ciclo de la posguerra, mostrará algunos de los límites del eurocapitalismo (dependencia petrolífera, inflación, desindustrialización, desempleo, rentabilidad) como resultado de la crisis capitalista mundial y su inserción en la circulación global del capital.


La respuesta neoliberal (Thatcher, Kohl, González, Delors), ya en los ochenta, apuntará en lo que será la política de privatizaciones, liberalizaciones, desmantelamiento del Estado del bienestar. También la ampliación de la UE (España, Portugal). 


El derrumbe del bloque soviético, en los noventa, dará algo de oxígeno, proveyendo de áreas de expansión a la UE. Las nuevas relaciones con una Rusia que aspira a incorporarse al bloque occidental también será fuente extraordinaria de materias primas y energía baratas, además de un gran mercado. Sin embargo, el capital norteamericano ansioso por el fraccionamiento de Rusia, no puede tolerar el avance de un bloque Euroasiático.


La Gran Recesión (2008) vuelve a exhibir las debilidades del eurocapitalismo cuya integración va lenta en relación a los requisitos de la competencia mundial (pérdida de competitividad, vulnerabilidad financiera, desindustrialización) donde emergen una serie de nuevas potencias, caso de China, sumando la crisis del euro, ante la que prevalecerán las viejas recetas neoliberales (austeridad, recortes sociales, disciplina fiscal y monetaria).


A partir de 2014, el nuevo orden geopolítico donde las potencias USA y China (junto a los BRICS) disputan el dominio mundial; la expansión del capital ruso que no se pliega ante el europeo y yanqui, terminará con la declaración otanista de guerra híbrida, que el gobierno ruso responderá invadiendo Ucrania y avanzando sobre África; a su vez, los gobiernos occidentales removerán el Extremo Oriente y permitirán el exterminio israelí de Gaza. 


Eurocapitalismo putrefacto y derechización

En este tablero, la UE se muestra cada vez menos relevante, por su desubicación en la circulación mundial del capital, particularmente del norteamericano, al que las élites europeas se aferran con desesperación.


Esta situación es más dramática porque ese capital USA trata a la UE con displicencia haciéndole pagar caro su liderazgo: las amenazas territoriales (Groenlandia), los aranceles, o la venta del caro gas licuado. Además, le vende su papel de gendarme mundial, obligándola a incrementar los presupuestos militares que ha de gastar en buena medida en armas norteamericanas.


La forma política adecuada para esta subordinación a USA y para la ofensiva de recortes que exige el belicismo es la derechización y el ascenso de la extrema derecha. La cual ya está normalizada en las instituciones europeas y gobierna en varios países (Italia, Hungría, Finlandia, Croacia, Eslovaquia, República Checa, por ahora). En la medida que esto se extienda asistiremos a recortes laborales, sociales, civiles y políticos, acompañados de un aumento de la represión del pensamiento disidente y los movimientos sociales.


Por una euroizquierda organizada

Mientras la derecha remata al agotado eurocapitalismo, que ya no resulta funcional para el capital americano que lo sostenía, la izquierda europea habrá de hacer tanto la crítica como la construcción de una alternativa al eurocapitalismo putrefacto. 


Durante mucho tiempo, más allá del período prosoviético, el modelo social europeo fue el paradigma de buena parte de la izquierda. El declive y probable final de este modelo, la obliga a repensar un nuevo referente internacional. Si el capital europeo quiere contar, habrá de permanecer unido y dejar atrás el agotado eurocapitalismo, redefiniendo su lugar en el capitalismo mundial. Existen tres opciones estratégicas: marchar sola, acompañarse del capital ruso o vincularse al capital chino.


Ante ello, la izquierda, todavía débil y fragmentada, habrá de hacer un serio esfuerzo de unidad y organización para sobrevivir, así como prepararse para armar el contraataque. También, de defender la unidad de los pueblos de Europa y discutir la forma política de inserción en el sistema mundial, la izquierda  habrá de hacer frente a las contradicciones del capitalismo en los planos ecológico, laboral, familiar, político ... Eso implica pensar cómo gestionar la economía mediante una centralización del capital, administrada democráticamente a través de la planificación orientada a las necesidades de la población. Además, de incorporar las tecnologías (incluida la Inteligencia Artificial), para elevar la productividad garantizando un bienestar material sostenible, que incluya la reducción de la jornada laboral. Todo ello como paso previo a un escenario en el que la vida social pueda regularse conscientemente mediante la asignación directa del producto del trabajo a las necesidades personales, es decir al socialismo.

viernes, 17 de octubre de 2025

La naturaleza social de la URSS: revolución o fetiche

Introducción

El aniversario de la gran revolución rusa, el 25 de octubre (7 de noviembre en el calendario actual) de 1917, nos da un pretexto para pensar el régimen soviético.

Más allá de un asunto espinoso para los que se reclaman de la superación del capitalismo (socialistas, comunistas, marxistas, entre otros), e incluso para la izquierda estatalista, nos parece de cierta actualidad. No sólo la nueva potencia mundial, China, sino otros países como Vietnam, Laos, Cuba o Corea del Norte tienen regímenes similares.

Dicho esto, la pregunta es si la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS, 1922-1991) fue la realización del socialismo, y si no lo fue qué modo de producción era el dominante, o qué relación social general regía aquella sociedad.


Interpretaciones sobre la naturaleza social de la URSS

Una puede tener la tentación de guiarse por lo que los soviéticos escribían. Por ejemplo, echar mano del Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS que afirma que se estaba superando la primera fase del comunismo, el socialismo. O mejor aún, ver lo que decían sus constituciones: la de 1936 destacaba que la sociedad soviética había alcanzado el socialismo, y la de 1977 sostuvo que la URSS había construido el socialismo de todo el pueblo.

En esto coincidían con la ciencia oficial de los países capitalistas con la diferencia que éstos destacaban la dictadura, el totalitarismo, etc.

La posición del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética, partido único) también era compartida por los regímenes y las corrientes prosoviéticos (Ibarruri, Líster). Sin embargo, otras corrientes del marxismo discrepaban. Sin ánimo de ser exhaustivos veamos algunas.

La socialdemocracia clásica (Bernstein, Kautsky) negará el carácter socialista por la falta de elementos democráticos y el recurso a la violencia estatal. Los modernos hacen un uso “estético” del socialismo.

Los consejistas (Pannekoek, Maurin, Nin) serían de los primeros en criticar la forma partido-Estado y el trabajo asalariado planteando que se trataba de un capitalismo de Estado. Por su parte, lo trotskistas hablan de un socialismo degenerado donde la burocracia habría traicionado a la clase obrera, con fuerte crítica al estalinismo.

Maoistas y prochinos sostendrán que, tras el XX Congreso (1956), la URSS dejó de ser socialista para convertirse en social-imperialista.

Los eurocomunistas (Carrillo, 1977), críticos con el régimen soviético (Praga-1968, falta de libertades), lo califican de “intermedio”, ni capitalismo ni socialismo.

Muy similar, pero trece años antes, la posición de Claudín y Semprún (1964). También Sacristán (1968), del que se conmemora el centenario, niega el carácter socialista, además de criticar al estalinismo.

Otros teóricos coinciden en “ni socialismo ni capitalismo” sino régimen colectivista burocrático, donde la burocracia sería la nueva “clase” social enfrentada a la clase obrera por la gestión productiva.

Pero, dejemos las interpretaciones y pasemos a los hechos históricos.


En qué condiciones se formó la URSS

La previsible derrota rusa frente a la Alemania creó las condiciones para la revolución rusa que de la mano de Lenin y del partido bolchevique (escisión del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia), bajo la consigna “Paz, pan y tierra”, dando paso a la URSS.

La reacción internacional y el fracaso de la revolución mundial situarían a la nueva nación, en situaciones (internas y externas) complicadas: la guerra civil (1918-1922), guerra contra Polonia (1919-1921), campañas del Cáucaso (1918-1921), enfrentamiento con China (1929), el enfrentamiento con los kulaks por la colectivización (1929-1933), la guerra con Finlandia (1939-1940), los choques con Japón (1938 y 1945), la II Guerra Mundial (1939-1945), las deportaciones del colaboracionismo nazi, la Guerra Fría entre 1946 y 1979 (Berlin, Corea, Suez, Cuba, Oriente Medio, China, Afganistán), intervenciones en Hungría (1956) y Checoslovaquia (Primavera de Praga-1968), la guerra de Afganistán (1979-1989), diversos levantamientos secesionistas en la segunda parte de los ochenta y primeros noventa.

Como se ve pocos fueron los períodos de paz del régimen soviético. A pesar de ello, la URSS hizo logros importantes: avance en derechos laborales (jornada de ocho horas, vacaciones pagadas, abolición del desempleo, el moderno sindicato de servicios desde 1930s, entre otros); feminismo (voto, divorcio, aborto, trabajo fabril e incluso pilotaron aviones frente a los nazis), cívicos (alfabetización masiva en 1930s, educación-sanidad-vivienda-transporte gratuitos) y nacionalistas (teórico derecho a la secesión, autonomías); derrotó a los nazis en la IIGM (recomendamos el podscat La operación Urano); disputó más que honorablemente la carrera aeroespacial, la nuclear, y aspectos del progreso tecnológico y científico (matemáticas, astrofísica, química, biología), entre muchas otras cuestiones (cultura, deporte, ajedrez). Algunas de ellas fueron palancas fundamentales para su implantación en las sociedades capitalistas occidentales.

Cierto que, a veces, a un precio muy elevado: cada guerra fue seguida de hambre y muerte (la IIGM se llevó más de 20 millones de soviéticos), “errores” en las políticas que condujeron a hambrunas, la resistencia campesina a la colectivización forzosa (1929-1933), las purgas estalinistas (1936-1938) con mayoría de camaradas (Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Rubin, Preobrazhenski, posteriormente Trotsky), la fuerte represión y persecución hacia los opositores (Sakharov, Solzhenitsyn), ausencia de “libertades” (prensa, expresión, movilidad), entre otras.

Pero, de vuelta: qué modo de producción sustentó a esta sociedad soviética.


Qué fue la URSS

Un régimen que expropió rápidamente a capitalistas y terratenientes (1917), eliminándolos y con ellos la competencia entre capitales. La propiedad de los principales medios de producción (industria, transporte, banca) se estatalizó aunque parte de la tierra se repartió entre campesinos (en los años 30 serán obligados a formar explotaciones estatales o cooperativas). La producción y la circulación de bienes y servicios se planifica (el primer plan quinquenal 1928-1932). Hasta aquí los principales elementos que nos hablarían de la superación del capitalismo y de la instauración de un nuevo modo de producción, el socialismo.

Frente a esto los elementos capitalistas: los productos del trabajo, bienes y servicios, que son medios de vida (los medios de producción los asigna el estado), siguen adoptando la forma mercancía y adquiriéndose en el mercado (regulado) a cambio de un precio; la fuerza de trabajo es una mercancía a la que se le paga un salario, por tanto, la clase obrera (asalariados) sigue existiendo. Lo cual nos lleva a plantearnos la existencia de la explotación de la fuerza de trabajo, y de la relación capitalista. También existe el dinero (el rublo no es simple unidad de cuenta, es medio de compra); a partir de 1960, se crea el crédito oficial y se establece el precio del dinero (tipo de interés).

En mi opinión, el estado sería, como propietario de los medios de producción, el gran capitalista. Gestionaría la producción a través de la oficina del plan (Gosplan), de igual manera que una empresa planifica su actividad. Las empresas serian órganos estatales, aún así compiten por la fuerza de trabajo, por la inversión y por el crédito, persiguiendo mayor autonomía.

Los mercados negros o paralelos, colas, cuellos de botella, corrupción, serían formas que acompañan al capitalismo de estado. En el que, a su vez, coexiste la tendencia a desarrollar los elementos capitalistas como muestran las diversas reformas que se emprendidas para asimilar el funcionamiento al de un mercado capitalista competitivo (NEP de Lenin en 1921-1928, los sovnarkhozy de Jrushchov en 1957, el beneficio planificado de Liberman de 1965, aperturismo al exterior de Brezhnev en 1973-1974, principio de autofinanciación impulsado por Kosygin 1973-1975, Perestroika de Gorbachov en 1985-1990).


Conclusión

La URSS fue la primera vez en la historia que el proletariado nacional, mediante la revolución soviética, eliminaba a capitalistas y terratenientes.

Pero, las relaciones sociales capitalistas (mercancías, dinero y trabajo asalariado) se mantuvieron.

Por lo que el estado soviético, que centralizó los medios de producción, seguía siendo el representante político del capital en su conjunto, un estado capitalista.

Aunque el estado estaba en manos de la clase obrera -no había otra-, solo una fracción de ésta, la ocupada estatalmente en puestos directivos (burocracia), se encargaba de la planificación y gestión de la sociedad.

Añadimos que la inserción en el mercado mundial, donde el estado soviético compite cual capital privado, muestra a la URSS como una forma específica del capitalismo.

Y esto nos enfrenta a la organización social del trabajo privado como un atributo enajenado en el capital, en la que el fetichismo de la mercancía es permanentemente negado como necesidad ideológica.

En cualquier caso, algunas preguntas nos asaltan: qué sentido histórico tuvo la revolución rusa en el contexto del desarrollo del capitalismo mundial; por qué el capitalismo estatal ruso hubo de revestirse del socialismo y recurrir al marxismo (materialista histórico y materialismo dialéctico); qué obstáculo encontró aquella generación de intrépidos y capacitados revolucionarios para superar el capitalismo ruso; si aquello fue capitalismo por qué la clase capitalista no le dió un momento de sosiego; por qué las fuerzas productivas de la sociedad rusa, que permitieron la victoria sobre el nazismo (ver el podcast La operación Urano), en vez de dar paso al socialismo evolucionaron hasta tomar forma en el actual capitalismo competitivo, previa desintegración del bloque de la Europa del Este (deshaciendo el imperialismo soviético). En fin.

Cien años después, algunas de las cuestiones planteadas, nos siguen interpelando. Ni la propiedad estatal ni la planificación son suficientes para hablar de socialismo. China, donde además se acompaña de capital privado y competencia, nos lo confirma. Sin embargo, hasta donde sé, a menos que el desarrollo tecnológico (automatización, IA) nos abra otras vías o formas de organización, ambas seguirán siendo necesarios para lograr la unidad directa entre la producción y el consumo sin más mediación que los seres humanos guiados por el conocimiento científico.


viernes, 21 de marzo de 2025

La guerra de Ucrania: análisis y antecedentes

Ahora que la guerra de Ucrania parece tocar a su fin, nos planteamos cómo se llegó allí. Más allá de entrar en el maniqueo ejercicio de víctimas y culpables, o peor aún, buenos y malos, nuestra propuesta es diferente. Se trata de rastrear los hechos vistos como formas concretas del movimiento de la relación social que regula la totalidad del orbe mundial. Lo cual empieza preguntándonos por la causa de los hechos que tenemos delante.


La actual guerra de Ucrania, tal como la hemos conocido en los últimos tres años, tuvo su origen inmediato en la invasión rusa de febrero de 2022. Una primera pregunta asalta al observador: por qué Putin decide invadir Ucrania. Es claro que esta acción imperialista tiene su origen en la voluntad imperialista rusa de responder a supuestas agresiones del imperialismo occidental.


Ambas voluntades imperialistas que se contraponen nos remiten a la lucha entre bloques geopolíticos. Encontrándonos en que para explicarnos la guerra de Ucrania hemos de ver la relación entre ambos imperios. Hemos de aclarar que en este planteo, referido a una coyuntura muy específica, el capital anglo-europeo aparece como unidad. Pero sabemos que no es así. Cuestión que se ha visto más evidente con la política de Trump, pero esto tendrá que ser materia de otro desarrollo.


Las disputas entre bloques geopolíticos no resultan de divergencias morales, como la libertad, la democracia, la seguridad, o la fraternidad. Ese es el discurso que envuelve la verdadera causa, los intereses que nutren la acumulación de sus respectivos capitales: materias primas o recursos naturales, fuerza de trabajo, mercados, localizaciones o rutas de transporte y comunicaciones, básicamente. Es decir, las bases materiales de la reproducción ampliada del capital. Ucrania ofrecía muchos de estos motivos (potencia cerealistica, recursos energéticos, tierras raras, posicion estratégica y acceso directo al territorio ruso). 


También sabemos que esta lucha interimperialista en torno al territorio ucraniano no comenzó en 2022 y que tiene unos antecedentes, lo cual nos lleva a mirar las relaciones entre las dos potencias, Rusia y USA-UE, en torno al territorio ucraniano en su evolución histórica.


Pero, hay algo más que no debe escapar a la mirada histórica atenta. Esta guerra interimperialista histórica de Ucrania es una forma concreta del enfrentamiento entre los dos bloques en torno a la expansión de la OTAN en Europa oriental.


Aún más, este enfrentamiento no se limitó a la Europa del este sino que se extendió a lo largo y ancho de la tierra. Este es el marco que permite entender las revoluciones naranjas, primaveras árabes, golpes suaves que riegan la historia reciente de la humanidad desde los años noventa: Irak (1991, invasión en 2003, ocupación 2003-2011), Irán, Chechenia (1994-1996, 1999, 2005), Libia (2011, 2014-2020), Siria (2011-2024), Afganistan (2011), Líbano, Argelia, Venezuela, entre muchos otros.


Por ello, para adquirir una comprensión amplia de la guerra de Ucrania hay que volver la mirada a los hechos que siguen al desmoronamiento de la URSS y, particularmente, a la lucha más o menos larvada en torno a su área de influencia desde inicio de los años noventa del siglo pasado. Veamos. 


La caída de la URSS sunió a todo el bloque soviético en una depresión económica y un desorden político. En los años 90, y hasta mediados de la segunda década del nuevo siglo, el incipiente capital ruso, deslumbrado por la modernidad occidental, demanda integrarse en el imperialismo anglo-europeo, pero será rechazado en diversas ocasiones. También intentará restablecer la colaboración con el antiguo Comecon, pero verá esfumarse su área histórica de influencia. No obstante, tendrá una tarea que realizar, desarrollarse. Primero saqueando el estado ex-soviético que se repartirán los gerentes de las empresas publicas y los burócratas del PCUS, los futuros oligarcas. Luego, reprimiendo, explotando y empobreciendo a la clase obrera rusa. Este ensimismamiento, en parte debido a su debilidad, lo relegará al papel de un observador resignado de la caída del imperio ex-soviético.


Tras la reunificación alemana (1990) donde los líderes occidentales prometerán que la OTAN no se expandirá hacia Europa del Este, negarán a Gorbachov su propuesta de integrarse en una OTAN reformada. Entre tanto, ayudan a los países de Europa del Este para que vayan superando sus deprimidas economías con gobiernos prooccidentales que se irán integrando en la UE. En cambio, a Rusia, le negarán tal auxilio y le enviarán numerosos expertos que conduzcan su economía hacia el capitalismo. La tarea del Occidente atlantista consistió en separar a la URSS de su área de influencia (Europa del Este y algunos países de extremo oriente), por un lado, mientras se fomentaba su debilidad (fraccionamiento, hostigamiento, aislamiento, en definitiva que no despierte el oso), por el otro. Cualquiera que fuese la causa de la dinámica centrífuga de la URSS/Rusia, la tarea del imperialismo atlantista fue favorecerla. Así la expotencia mundial quedaba relegada a un papel subsidiario en la división internacional del trabajo le tenía asignado a Rusia en la acumulación mundial de capital


En 1991 se disuelve la URSS, declarándose el final de la guerra fría con la victoria del capitalismo atlantista. Fukuyama proclamará el final de la historia que los intelectuales occidentales celebrarán. Le tocará a Yeltsin contemplar como el imperialismo atlantista interviene en toda Europa Oriental, espoleando la rusofobia heredada de la época soviética y agudizando las diferencias internas. Particularmente observará risueñamente el desmembramiento en 7 países de Yugoslavia (1992) y el bombardeo de Serbia en dos ocasiones (1995 y 1999), además de los conflictos del Cáucaso y Chechenia. A pesar de sus protestas, tendrá que beberse la ampliación de la OTAN en 1999 (Polonia, Chequia y Hungría). 


Posteriormente, será el turno de Putin, pese al buen rollo con los líderes occidentales, verá cómo la alianza se le planta enfrente con la entrada de Bulgaria, Lituania, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia y Letonia, estos dos últimos con fronteras con Rusia, en 2005. Sus protestas caen en saco roto, y la buena predisposición rusa tampoco logrará el acercamiento que las élites rusas anhelan. A Rusia le “surge” la segunda guerra de Chechenia (2005). 


Un poco antes, en 2004, en Ucrania estalla la revolución naranja, que el imperialismo anglo-europeo impulsa, y se establece un gobierno prooccidental cuya política favorece los intereses de USA y la UE frente a los rusos. En 2008 Bush-hijo declara la intención de incorporar a Ucrania y Georgia a la OTAN. Al mismo tiempo, el presidente ucranio (Yushenko) solicita la entrada en el organismo militar. Putin, de nuevo, se mostrará contrario. Además habrá de afrontar la guerra de Georgia (2008).


No obstante, el proceso de integración de Ucrania en la OTAN se ve paralizado por el nuevo gobierno prorruso de Yanukovich (2010), salido de las elecciones. Rusia aprovecha para renovar su presencia en la base militar de Sebastopol, uno de sus bastiones en el Mar Negro que comunica con Oriente próximo. 


Entre tanto, el capital ruso se ha desarrollado y se hace con un área de influencia; el mercado interno se le queda estrecho y ha de salir a competir en el mercado mundial. Además, su potencia militar le habilita para establecer la necesaria área de seguridad (como mínimo, la neutralidad de Ucrania), que salvaguarde a Rusia de intromisiones militares extranjeras. Pues, como dice Marx, la violencia no solo es partera de la historia sino que es una potencia económica en sí.


En 2013 surge el Euromaidan, una revuelta popular que, con intervención occidental, derrocará a Yanukovich y llevará al poder a un gobierno prooccidental. Pero, el nuevo gobierno y su política antirusa no será aceptado por todas las regiones. Crimea, que tiene la base militar de Sebastopol, será anexionada por Rusia en 2014. Occidente protestará enérgicamente: una cosa es desmembrar la URSS en 15 países, Checoslovaquia en dos o Yugoslavia en siete, y otra cosa es lo de Crimea, por lo que impondrán sanciones a Rusia.


En 2014 y posteriormente en 2015, el gobierno ucraniano apoyado por el imperialismo anglo-europeo, inclumplirá sendos acuerdos de Minsk, que pretendían poner fin a la guerra del Donbás (2014). Una guerra desatada porque las regiones de Lugansk y Donetsk no reconocen al gobierno ucraniano y se independizan. Esta guerra se prolongará hasta que Putin, el 24 de febrero de 2022, pone en marcha la operación militar especial iniciando la invasión de Ucrania.


Putin, un reaccionario religioso, antes un dialogante y moderno gobernante ruso, es presentado ahora como un autócrata loco y despiadado. Sin embargo, es lo que cualquier gobernante, el portavoz de la representación política del capital total ruso.


Un capital que hubo de crecer lentamente, sin ayuda, sobre la base del expolio del estado ex-soviético y la explotación de la clase obrera rusa. Un capital que, mientras fue débil, hubo de conformarse con ver resignadamente y, a veces, ingenuamente cómplice, cómo el imperialismo occidental, al cual anhelaba vincularse, lo despreciaba y le detraía su otrora área de influencia. Pero que, llegado a un punto de su desarrollo, dotado de su poder militar en buena parte heredado de la URSS y propietario de fabulosas riquezas naturales además de 150 millones de habitantes, se enfrentó al último intento de cercarlo: la incorporación de Ucrania a la OTAN. El capital ruso, transformado en imperialismo ruso, reclama un sitio más determinante en el tablero geopolítico mundial, y esto empieza por reclamar su área de seguridad lo cual significa la neutralidad, como mínimo, de Ucrania. 


La guerra de Ucrania se nos presenta, entonces, como un episodio de la disputa histórica (desde la caída de la URSS) del nuevo imperio ruso, larvado lentamente por el capital ruso, frente al imperio euro-atlantista. Disputa que gira en torno al área de influencia (Europa del Este), por tanto de las riquezas ucranianas tanto materiales como estratégicas y que incluye el área de seguridad (neutralidad de Ucrania) del imperio ruso. Un imperio que avanza en su posicionamiento geopolítico, empujado por el capital ruso que se expande en la búsqueda de la apropiación del máximo plusvalor en el marco de la nueva división internacional del trabajo que ofrece la acumulación mundial de capital.

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