La forma concreta salario es un ejemplo del carácter acentuadamente
ideológico que han venido tomando tanto el conocimiento económico
(la teoría económica) como la práctica económica.
Dividiré esta
colaboración en dos partes. En la primera, recordaremos la crítica
de Karl Marx a la teoría sobre el salario de la economía política
clásica (sección VI del libro I de El Capital). En la segunda,
basándonos en los desarrollos del profesor Juan Iñigo Carrera,
mostraremos el objetivo ideológico que preside el comportamiento de
una de las instituciones más “técnicas” del estado capitalista,
el banco central.
Cuando Marx
investiga la valorización del capital presenta, como punto de
partida, la compraventa de la fuerza de trabajo, la relación entre
el capitalista que entrega dinero (salario) a cambio de la capacidad
de trabajo del obrero.
Hago un paréntesis
aclaratorio. Allí, en la sección IV, nuestro autor nos dice que el
salario es la forma fenoménica del valor de la fuerza de trabajo.
Recordemos que el valor, el trabajo abstracto socialmente necesario
realizado de manera privada e independiente, aparece necesariamente
bajo la forma valor de cambio. El valor de cambio de una mercancía,
o sea la cantidad de otra mercancía por la que se cambia, en dinero
es el precio. En nuestro caso, el salario (el precio de la fuerza de
trabajo) es la forma en que se expresa el valor de la fuerza de
trabajo. Esto ya lo sabíamos, lo que Marx se propone investigar es
por qué en la realidad económica el salario, que es una forma del
valor de la fuerza de trabajo como hemos visto mas arriba, se
transmuta, o sea aparece como otra forma, en este caso el precio del
trabajo.
Esta compraventa de
la mercancía fuerza de trabajo, que es el contenido oculto, aparece
en la superficie de la realidad económica como una compraventa de
trabajo; la fuerza de trabajo, la mercancía comprada por el
capitalista (y vendida por el obrero), aparece como trabajo; y, el
salario, el dinero que paga el capitalista (y que cobra el obrero),
aparece como precio del trabajo. Así, el precio del trabajo (forma)
es la expresión del precio de la fuerza de trabajo o salario
(contenido).
Así, Marx señala
el carácter irracional de las expresiones “valor del trabajo” y
“precio del trabajo”: primero, porque el trabajo no es una
mercancía sino una acción, la puesta en funcionamiento de la fuerza
de trabajo; segundo, porque el trabajo no se puede vender antes de
realizarse; tercero, porque el trabajo, que se realiza bajo las
órdenes del capitalista y en sus instalaciones, no pertenece al
obrero sino al capitalista; y, cuarto, porque el trabajo crea valor
pero no tiene valor.
No obstante, estas
expresiones no son una invención arbitraria sino que surgen de la
experiencia cotidiana, de las relaciones sociales tal y como se les
presentan a las personas, y que la economía política las toma
acríticamente, nos dirá nuestro autor.
Marx expresará que
para descubrir el contenido tras la forma salario se requiere la
investigación científica,
que busca la esencia (contenido) tras la apariencia (forma); pero,
particularmente en este caso, se requiere una ciencia que no se
detenga ante la crítica al capitalismo y no se subordine a su
justificación. Pondrá el ejemplo de Adam Smith, padre de la ciencia
económica y uno de los representantes de la economía política
clásica, que planteó al trabajo como fundamento del valor. Pero,
cuando llegó a su teoría de la distribución se detuvo porque esto
implicaba que el trabajador debía ser el destinatario de la mayor
parte del valor de la mercancía poniendo en peligro la justificación
de la parte del capitalista (beneficio). Siendo así la cosa que
termina planteando que el valor es la suma del salario, el beneficio
y la renta de la tierra, dando de lado a su primera teoría laboral
del valor.
Insisto, el
planteamiento de Smith sigue vigente, adornado de un aparato
matemático que pretende imprimirle carácter objetivo, en las
modernas teorías sobre la distribución, particularmente sobre el
salario.
Como ejemplo de
teoría económica convencional sobre el salario no nos resistimos a
presentar brevemente la versión neoclásica mayoritaria en las
universidades y ganadora de la mayor parte de los nobeles de
economía.
El obrero es, para
la teoría neoclásica, un individuo que persigue la máxima utilidad
(placer, felicidad). Dicha utilidad depende de dos cuestiones: tiempo
de ocio que le reporta placer, e ingresos por salario resultado de
trabajar (el trabajo quita placer pero genera ingresos para adquirir
medios de consumo). Además, en un día el tiempo de placer y el
tiempo de trabajo suman 24 horas.
De esta manera, la
elección entre tiempo de placer y tiempo de trabajo que ha de
realizar el obrero para fijar su jornada y llevarse un salario,
adopta la forma de un problema matemático de maximización de la
utilidad sujeto a restricción (el salario a ingresar es igual al
salario por hora por la jornada). La solución es que nuestro obrero
trabaja hasta que el salario real por hora iguale las tasas
marginales de sustitución de ocio por salario. A ver si me explico:
el obrero empieza a trabajar porque el ingreso que obtiene supera la
perdida de utilidad que le supone el menor tiempo de ocio, hasta que
llega un momento de la jornada laboral en que el obrero considera que
el salario por hora que le dan ya no compensa la perdida de utilidad
por el ocio sacrificado. En ese momento, como el obrero es libre para
decidir cuanto tiempo trabaja, le dice al capitalista que hasta
mañana.
Este es el
fundamento de la oferta individual de trabajo que cuando se suman
todos los obreros nos da la oferta de trabajo. Esta oferta de trabajo
junto a la demanda de trabajo que hace la clase capitalista permitirá
calcular el salario y el empleo en el conjunto de la economía.
La forma salario no
solo oculta su contenido (el valor de la fuerza de trabajo), sino que
al aparecer como el precio del trabajo genera la ilusión de que el
capitalista paga al obrero todo el trabajo que éste realiza para el
primero, por tanto oculta que una parte del trabajo realizado por el
obrero no le es pagado, el plustrabajo, de donde sale la plusvalía.
Por tanto, la forma precio del trabajo oculta la explotación
capitalista.
Esta ocultación de
la explotación capitalista imprime el carácter ideológico a la
conciencia que se deriva de la forma precio del trabajo; sea esta
conciencia resultado espontaneo de la experiencia cotidiana, sea el
resultado de una elaboración mental sobre aquella experiencia por
mucho disfraz matemático, estadístico o econométrico del que se
recubra.
El interés
ideológico prevalece sobre el carácter objetivo en la teoría
económica porque no somete a crítica al modo de producción
capitalista. A la vista de esto, se entiende la necesidad de la
crítica de la economía política, por dos razones: por compromiso
con la verdad, y para que la clase obrera adquiera una conciencia
objetiva alejada de la mera apariencia como paso previo al ejercicio
de su misión histórica.
También le cabe la
duda a uno de qué otras ramas del saber necesitan de una critica tal
para que dejen de justificar el capitalismo y sirvan para explicar la
realidad. En la segunda parte veremos que también la gestión
práctica, sobre todo de las instituciones estatales, tienen muy en
cuenta los objetivos ideológicos.
El salario y la
ideología económica (y II)
En la primera parte
veíamos, apoyándonos en Karl Marx, cómo las teorías del salario
de la moderna economía tienen más de ideología que de ciencia. En
esta parte, gracias a los desarrollos de Juan Iñigo Carrera sobre la
base de Marx, mostraremos que la práctica de control monetario de
los bancos centrales también tiene como una de sus finalidades la
ocultación de la explotación capitalista y el apaciguamiento del
conflicto laboral.
Marx expone que la
fuerza de trabajo, la mercancía que el obrero vende al capitalista,
tiene su valor determinado por la cesta de medios de vida que consume
la familia del obrero. También demuestra que el capitalismo se
caracteriza por el incesante desarrollo de las fuerzas productivas,
una de cuyas expresiones es el crecimiento de la productividad. Así
mismo, que el crecimiento de la productividad reduce el valor de las
mercancías. Particularmente, el aumento de la productividad de la
cesta de mercancías que determina el valor de la fuerza de trabajo
provocará la reducción de éste. Y con ello, manteniendo la
jornada, aumentará el plusvalor.
Esto lo ejemplifica
Juan Iñigo introduciendo además el dinero, bajo su forma de signo
de valor. Es decir, el papel moneda que emite el banco central, que
no tiene valor pero lo representa (Marx dixit). Así los precios
serían las expresiones monetarias de los valores de las mercancías.
El valor que representa cada unidad monetaria dependerá, dada la
masa de valor necesaria para la circulación de las mercancías, de
la cantidad de billetes o monedas (oferta monetaria). De tal manera
que la duplicación de la cantidad de dinero reduce a la mitad el
valor que representa la unidad monetaria. Veamos un ejemplo para
ilustrar lo que ocurre.
Tengamos una cesta
de medios de vida cuyo valor es de 4 horas. En la medida que responde
al consumo diario de la familia obrera, determina el valor diario de
la fuerza de trabajo (4 horas).
Como la jornada de
la obrera es de 8 horas, el plusvalor que se apropia el capitalista
serán 4 horas (8 menos 4). Para expresar en unidades monetarias
tenemos que la unidad monetaria representa un valor de 3 minutos, por
tanto 20 euros representan el valor de 1 hora de trabajo. Por tanto,
el valor diario de la fuerza de trabajo se expresará monetariamente
como 80 euros y la plusvalía otros 80.
Si la productividad
del trabajo se duplica. Tendremos que la misma cantidad de bienes se
producen en la mitad de tiempo. En el caso que nos trae, la cesta
diaria de bienes de consumo de la familia obrera reduciría su valor
desde 4 hasta 2 horas; y con la cesta el valor de la fuerza de
trabajo pasa a ser 2 horas. Como la jornada continua siendo de 8
horas, el plusvalor será 6 horas. Al no modificarse la cantidad de
dinero, las expresiones monetarias respectivas, del valor de la
fuerza de trabajo y del plusvalor, serán: 40 euros y 120 euros.
Detengámonos aquí.
El crecimiento de la productividad ha provocado una bajada del
salario nominal, de 80 a 40 euros, sin que se modifique la cesta de
bienes que consume la familia obrera (salario real). La plusvalía
por su parte ha pasado de 80 a 120 euros. Pero, para que se dé esta
bajada del salario nominal, y el consecuente aumento de la plusvalía,
el capitalista ha de llamar al obrero y notificarle la mencionada
reducción salarial. Ni que decir que al obrero no le va a hacer ni
chispa de gracia y protestará.
Cada vez que el
capitalista introduzca una innovación tecnológica que reduzca el
valor de los medios de vida que determinan el valor de la fuerza de
trabajo, para hacer efectivo el aumento de beneficios el capitalista,
habrá de llamar a capítulo a los obreros para reducirles el
salario. Abriéndose otro período conflictivo.
Pero, el capital ha
encontrado la manera de esquivar esta amenaza a la estabilidad del
modo de producción capitalista: la inflación moderada o rampante
resultado de la constante emisión de moneda por encima de los
crecimientos de productividad.
Veamos el mismo
movimiento, pero además de duplicarse la productividad tenemos que
el banco emisor cuadruplica la oferta monetaria.
Por un lado, el
doble de productividad reduce el valor de los medios de vida a la
mitad, por tanto desciende el valor de la fuerza de trabajo a 2 horas
y el plusvalor a 6 horas, como ya veíamos.
Miremos cómo se
expresan monetariamente ambas categorías teniendo en cuenta que la
cantidad de dinero se cuadruplica. Esto último significa que cada
euro de antes se representa ahora por una cuarta parte. Así antes 20
euros representaban el valor de una hora de trabajo, ahora se
requieren 80 euros. El salario ascenderá a 160 euros (2 horas por 80
euros la hora) y la plusvalía 480 euros.
En este caso,
aumento de productividad y de oferta monetaria, el salario nominal
pasa de 80 a 160 mientras la plusvalía pasa de 80 a 480 euros. Ahora
el capitalista no tiene tanto interés en llamar al obrero para
actualizar el salario. Pero, para los trabajadores es vital porque si
no la pérdida de poder adquisitivo y con ello el propio salario real
está garantizado.
Este planteo tiene
diversos aspectos en los que no nos detenemos para no alargarnos
(papel de las organizaciones de solidaridad de la clase obrera,
negociación colectiva, protección legal e institucional de los
mismos, entre otros).
No solo la teoría
salarial, también la práctica de la política económica, el
control de la política monetaria, sirven para ocultar la explotación
capitalista y para apaciguar la lucha de clases, o sea defender el
orden capitalista. Q.E.D.